viernes, febrero 19, 2010

Another one b(y)tes de dust


Ya ebrio, se sentó a la mesa, tomando a un par de desconocidos por sus mejores amigos; y allí, como un sujeto en absoluta y total quiebra, presumiendo para si de ser capaz de esconder frente a terceros su infinita indigencia o infinita falsa indigencia, fue tomando una a una las botellas de cerveza que estaban a su alcance, sin importarle si tenían o no un propietario. Se llenó con ellas los bolsillos, incluso los bolsillos interiores de su chaqueta de cuerofalso, y así, una vez hubo despojado a todos de sus más preciadas expectativas, se levantó y se alejó con la suavidad e indetectabilidad de los movimientos felinos de caza. Sin importar si en la maniobra exquisita arrastraba por el suelo un par de sillas, o hacía tambalear algunas botellas en mesas vecinas.
No se trataba de estar o no en quiebra; se trataba de actuar como si tal y de hacer pensar a otros que tal estado de quiebra, del que se daban indicios suficientes, no era enteramente confiable pero tampoco plenamente falso. Quería saber cuanto podría mentir y a su vez, cuánto estaban los otros dispuestos a conceder para hacerle creer que habían sido engañados. En la medida en que la concesión era mayor, mayor certeza tenía de la inutilidad del intento, de la ridiculez y poco valor de su provocación.
Sabría que era mirado como un individuo lastimero, tanto en el caso de un individuo en quiebra que se ve forzado a arrebatar las botellas de quienes sí pueden pagar por ellas, como en el caso de un individuo que simula ese estado y que es secretamente descubierto por todos, quienes luego de realizar un acuerdo instantáneo, conceden al triste ebrio que observan con la distancia de un visor pentaprisma, el escenario teatral en el que es engañado por su propia ineptitud. Entonces, en esta forma generosa de no querer desenmascarar el engaño, se establece un vínculo de humanidad entre provocador inútil e inútilmente provocados.
Algunos de ellos podrían haber aplastado al intruso con el remolino de aire de un movimiento súbito de su dedo meñique; sin embargo, comparten con la inutilidad de la acción la plena comprensión de lo inútil. Por ello, probablemente, nadie mueve un dedo y los eructos no flamean ni una sola hoja.

**********************************************************************

Después de haber sido gentilmente soportado por aquellos para quienes no representaba siquiera una provocación desacertada, deambulo con el giróscopo loco de la cabeza fuera de control entre los senderos de unos parques minúsculos, preso de la pantografía mental de la intoxicación, dando giros y giros en el mismo lugar acompañado por la ilusión de estar yendo de un lugar a otro y a otro distinto. Y allí me encuentro con algunos jóvenes, que me ven ebrio, simulando ser un profeta, y condescendientes con el engaño, me rodean esperando que les diga alguna cosa interesante que les revele el encadenamiento delicado de las epifanías; sin embargo no puedo, no alcanzo a decir nada que pudiera tener algún sentido profundo para ellos o para mí, y tampoco desacierto en lo trivial; me abarca la certeza, cierta o no, de que todo cuanto pude haber dicho ya fue dicho y se perdió en un vacío de un pasado sin formas de registro.
Poco después me encuentro solo, en la mitad de la noche, con la cabeza mirando hacia las azoteas, pensando en el miedo que nos ha domesticado, el metraje del apartamento, la vista sobre la ciudad, las vanidades estacionadas en un invisible garaje; mi pie derecho avanza ciego contra un cercado indetectable, se enreda en los alambres que se han desplegado con el propósito de impedir que los perros lancen el líquido amarillo desde los riñones hasta las hermosas florecitas que conceden una pálida alegría al desintegrado entorno urbano de exostos y gases invisibles, y detiene en seco su marcha, lanzando mi rostro contra el anden. En menos de un instante de segundo, el tiempo en que tarda en caer la masa física del cerebro desde sus cientosetentayseis centímetros de altura hasta el nivel del suelo, antes del instante del impacto, vislumbro algunas cosas. Entre ellas, que todavía tres semanas después del golpe me va a doler el cuello y tendré una mancha en la frente de una cicatriz prematuramente desprendida que dará la impresión de alguna enfermedad repugnante, y que deseo, si la suerte me saca de este sembrado de flores urbanas endémicas protegidas por un alambre de trincheras hoy regadas con un poco de sangre, regresar al bar para volver a no reconocer los rostros de aquellos a quienes no arrebaté sus cervezas, y de otros más a quienes no se las extendí. Después de este circular de impresiones, no recuerdo nada más; salvo que estaba en casa y que la ruina me había sido otra vez esquiva.