lunes, febrero 08, 2010

¿Es la educación moral un asunto de la universidad?

Algunas consideraciones sintéticas y reflexiones personales sobre el 6to Foro de Etica - University Foundation
(http://www.fondationuniversitaire.be/en/index.php)
Bruselas, 29 de noviembre de 2007

Philippe Van Parijs
Université Catholique de Louvain, Chaire Hoover d´éthique économique et social and Harvard University, Department of Philosophy
Coordinator of the Ethical Forum
http://www.fondationuniversitaire.be/en/forum.php


"Es incontrovertiblemente parte del trabajo de una universidad equipar a sus estudiantes con las altas habilidades que requiere el mercado laboral. Y, no es difícil justificarlo, es parte de su trabajo inculcar las críticas competencias y actitudes que una democracia próspera necesita. Pero, ¿es también parte de su trabajo enseñar a sus estudiantes los valores éticos que deben guiar su vida profesional, tanto como doctores como ingenieros, como gerentes o como abogados, como profesores o periodistas o en cualquier otra posición profesional?
Si es así, ¿cómo debe hacerse el trabajo? ¿Simplemente a través de la enseñanza de los códigos de deontología de las profesiones que nuestros estudiantes probablemente ejercitarán? ¿A través de tomar y defender posiciones en estudios de casos? ¿Predicando por medio del ejemplo?
Si no, ¿ significa que estamos capitulando a los dictados del mercado?¿Y qué queda entonces de los valores que se alega definen las identidades de al menos algunas de nuestras universidades, y que son invocados en nuestras carteleras universitarias, en sus sitios web, y en sus más pomposas ceremonias? ¿Retórica completamente vacía, irrelevante para la conducta futura de nuestros estudiantes, si no hipocresía impúdica?

Estas fueron las cuestiones sometidas a los voceros y participantes del 6to Foro de Etica de la University Foundation, con el requerimiento de ir directamente a los asuntos difíciles y delicados. Nada fácil, resultó, y aún más difícil fue integrar las miradas profundas que obtuve a partir del Foro en un cuadro coherente. Aquí hay un intento. [1]

1. El Libre Examen como la ética de la búsqueda de la verdad

En lo que concierne a la sustancia de los valores que las universidades tienen el derecho y el deber de transmitir a sus estudiantes hubo una respuesta que rápidamente surgió como incontrovertible. Mucho de lo que se trata una universidad es de la transmisión de lo que se cree es un conocimiento verdadero, para muchos de nosotros combinado con lo que comúnmente se llama investigación, es decir, el intento para generar más conocimiento verdadero. Tal empresa no puede esperar resultar exitosa en ausencia de un compromiso con una búsqueda desinhibida de la verdad, ya sea contraria a nuestros intereses individuales o colectivos, contraria a las convenciones y los prejuicios, y contraria a cualquier autoridad impuesta desde un exterior, ya sea religiosa o secular. El libre examen, en su interpretación estricta, puede interpretarse como referido precisamente a este compromiso de valores. La crítica del fracaso de Louvain para estar a la altura de tal compromiso jugó un papel importante en la creación, por liberales del siglo 19, de la Université Libre de Belgique (más tarde la University Libre de Bruxelles y posteriormente la ULB/VUB) -irónicamente en el Hotel Granvelle, el Palacio del primer Arzobispo de Malines- Bruselas- y en la forma en que sus herederos continuaron definiendo su identidad específica desde entonces.

No hay nada, definitivamente, fuera de moda en este compromiso. En verdad, lejos de capturar el caso único de una sola de nuestras universidades, se ha convertido en un consenso que las aglutina a todas. Tal como el profesor de física de la UCL Jean Bricmont lo estableció "Le catholicisme ne s´est pas ouvert à la laïcité, il a été vaincu par elle, ce qui est tout différent. Pour reprende la devise de l´ULB, la science a vaincu les ténèbres, du moins en Belgique et aujourd´hui. Il vaut toujours mieux avoir le triomphe modeste, mais il ne faut pas pour autant confondre vainqueurs et vaincus." [2]. Esto suena un tanto difuso, pero no es, fundamentalmente, diferente de lo fuera memorablemente expresado, poco antes de su muerte, por el primer Rector de KuLeuven, Pieter De Somer, en la ocasión de la visita del Papa Juan Pablo II: "La Universidad Católica de Leuven tiene el deber de constantemente cuestionar las verdades heredadas y de adaptarse, si se hace necesario, al lenguaje y pensamiento moderno. Sin importar su disciplina, los investigadores deben tener la libertad de registrar cuidadosamente lo no conocido para elaborar diferentes hipótesis y someterlas a prueba, para integrar lo nuevo encontrado con lo conocido previamente, o para obtener nuevas conclusiones sobre lo acontecido. Deben también tener el derecho a estar equivocados, ésa es una de las condiciones esenciales para poder realizar su función como investigadores, y para la universidad, una condición para poder llevar a cabo su función institucional de manera apropiada." [3]

El Libre Examen es en este sentido, sin duda, un valor, y uno que nosotros sentimos que puede y debe, en efecto, enseñarse a todos aquellos de nuestros estudiantes que deseen desarrollar la investigación, pero también en un sentido más amplio, a todos los estudiantes, sin importar sus carreras futuras, y sin duda a cualquiera sobre quien tengamos la esperanza de influir. A menudo estamos en desacuerdo, por supuesto, sobre lo que es la verdad, pero todos estamos de acuerdo en que en el curso del arreglo de nuestros desacuerdos deberíamos atender únicamente a la evidencia empírica y a una lógica formal y escudarnos en contra de las influencias por prejuicios o autoridad exterior. Al respecto, con seguridad, no queremos regresar a las universidades europeas de la Edad Media -a pesar de lo mucho que les adeudamos, como acertadamente lo ha señalado Andris Barblan. Preferimos consolidar y preservar de la interferencia exterior la libertad lentamente conquistada, con grado no inferior a lo que fuera durante el probablemente más glorioso periodo de nuestro pasado universitario, cuando el innovador humanismo que prevaleció en la Universitas Lovaniensis indujo al Cardenal Granvelle a fundar otra universidad en Douai, más receptiva a los dictados de la Inquisición.

2. Deontología como el ethos de una profesión

El Libre Examen concebido así, provee un primer incontrovertible conjunto de valores que nosotros sentimos que podemos y debemos enseñar a nuestros estudiantes. Uno de sus aspectos se encuentra más formalizado que los otros: constituye la deontología que necesitamos enseñar al subconjunto de nuestros estudiantes que se dediquen a la investigación. Como bioquímico, no se falsifican sus resultados experimentales para reivindicar conjeturas interesantes. Como historiador, usted no embellece eventos pasados para enaltecer el prestigio de su nación.

La deontología de la investigación, sin embargo, es apenas una pequeña parte de lo que puede ser considerado un segundo corpus de valores que constituye tarea incontrovertible de la universidad el transmitir a sus estudiantes. Estos son los valores agrupados en los varios códigos de la deontología. No tenemos ningún problema en admitir que debe abrírsele espacio, en la formación de doctores, periodistas o abogados, a los códigos de deontología específicos a las profesiones que habrán probablemente de ejercer. ¿Por qué hay algunos códigos desarrollados para algunas profesiones que son transmitidos por la universidad y otros que no? Una seria asimetría en la información entre proveedores de servicios -legales o médicos, por ejemplo- y sus clientes, es parte de la historia. También probablemente, el riesgo de fuertes presiones financieras -de los patrocinadores sobre los periodistas, de las farmacéuticas sobre los médicos- que pudieran constreñir un ejercicio de la profesión a favor de los intereses del "consumidor" de información o de servicios médicos. Para preservar la confianza en la profesión está, por lo tanto, en el interés colectivo de los profesionales el adoptar un código de deontología, un cuerpo de "leyes blandas" a veces indirectamente respaldado por una ley dura, lo que resulta más característico cuando el ejercicio de una profesión está legalmente restringido a miembros de una organización profesional con la capacidad de adoptar un código de deontología y de excluir a aquellos que no lo satisfacen.

Bajo esta luz, la enseñanza de la deontología, así entendida, se parecería más a la enseñanza de la ley que a la enseñanza de valores morales: un código de deontología es un simple conjunto de reglas cuyo delineamiento y obligatoriedad es delegado por un legislador a cuerpos especializados, mejor enterados de los problemas a ser resueltos y más probablemente poseedores de una capacidad para resolverlos. Sin embargo, la enseñanza de la deontología no se reduce a la transmisión de reglas y a los juegos ingeniosos de argumentos asociados. Consiste también en destacar algunos valores en el núcleo del ethos de una profesión particular -por decir, el suministro imparcial de información por parte de los periodistas, la salud del paciente combinada con la sostenibilidad de la solidaridad institucionalizada, para las profesiones médicas y paramédicas- y en alertar a los estudiantes sobre los dilemas o transacciones, a esta luz, que eventualmente pueden encarar. Esto desborda la enseñanza de un cuerpo de ley blanda y entra en el área de los valores: una cierta idea de la belleza de una profesión de la que uno se debería sentir orgulloso al bien ejercitar y una imagen de la que uno se debería sentir avergonzado de empañar, casi siempre al permitir que intereses de base prevalezcan, o al quedar absorbido en una virtuosidad técnica mientras se olvida que uno está tratando con seres humanos -no con carne muerta en una clase de anatomía, no con números en una clase de contabilidad-.

La enseñanza a los gerentes de la responsabilidad social corporativa encaja claramente en este perfil, aunque no sea comúnmente denotada como una "deontología gerencial". Como lo ilustró Graham Roome, típicamente consiste en dirigir la atención de los estudiantes a las consecuencias humanas de las decisiones que los gerentes tienen que tomar en el curso de sus carreras, rutinariamente o en circunstancias excepcionales. ¿No existe una diferencia fundamental entre las aproximaciones consecuencialista y deontológica? Argumentada en este contexto, esta desgastada diferencia es superficial y confusa. La deontología "fina" consiste, en una vasta porción, en el requerimiento hecho a sus practicantes de tener en cuenta las consecuencias de su conducta, y en particular, en observar las consecuencias de generalizar a toda una profesión patrones particulares de comportamiento. Incluso cuando parece un conjunto de normas o procedimientos simples a seguir, todas las deontologías, sean para periodistas o doctores, para abogados o gerentes, se ajustan en últimas a una reflexión sobre cómo cada una de las profesiones puede ofrecer una contribución útil a la sociedad, y por lo tanto, se ajustan a un marco consecuencialista.

3. Cursos de ética como cursos en cultura y modos de pensamiento

Hagamos un inventario. En lo que concierne a la enseñanza de valores, las universidades financiadas por fondos públicos del siglo 21 han de sentirse tranquilas, por un lado, propagando el ethos de la búsqueda de la verdad intrínseco al lado científico de la profesión académica, y por el otro lado, inculcando a los futuros profesionales, en el interés a largo plazo tanto de su sociedad como de sus profesiones, el ethos que subyace a la deontología específica de sus profesiones.

Paralelo a estos dos modos en los que las universidades se pueden permitir a ellas mismas enseñar valores, las universidades pueden sin duda ofrecer cursos en ética, o en filosofía moral y política, y lo hacen frecuentemente más allá de sus programas de filosofía. Pero tales cursos se encuentran -se puede invocar- dirigidos no a enseñar a los estudiantes los valores "verdaderos" o una mirada ética sustancial que deberían adoptar, si no a una introducción imparcial al cuerpo existente de pensamiento en estos campos -no sólo a una historia de los clásicos, también a controversias presentes- y a la enseñanza de cómo argumentar rigurosamente en asuntos éticos. La observación de Emmanuelle Danblon acerca del Libre Examen "científico" como un proceso no generador de problemas (no conflictivo), en tanto el Libre Examen filosófico se encuentra en riesgo de ser dogmático, y por lo tanto problemático, y la observación de Bart Pattyn de que las universidades no deben enseñar a sus estudiantes una ideología particular, parecen apoyar esta limitación propia, este confinamiento a una ética entendida neutra en la enseñanza ética.

4. Las universidades como entornos de modelado de valores

Sería cómodo (no conflictivo) detenernos aquí. Pero dos aspectos de las discusiones que tuvieron lugar en el Foro de Etica sugieren que no será posible. Lo primero, hay ciertos valores irreductibles a la búsqueda de la verdad o la deontología que inevitablemente guían algunas de las decisiones que toman las autoridades universitarias, aunque sea tácitamente, sobre lo que puede o no puede hacerse y decirse en el campus, por lo tanto, modelando hasta cierto punto lo que los estudiantes van a considerar trivial o problemático durante el resto de sus vidas.

Algunas de estas opciones están siendo realizadas en las vecindades de las actividades de enseñanza de las universidades. Por ejemplo, la creación de un curso en cuidado paliativo -un asunto tabú hasta hace poco- o la promoción de un programa ambiental multidisciplinario con eslogans que enfatizan nuestra responsabilidad con las generaciones futuras no pueden ser postuladas como de "valor neutral". Otras opciones relevantes operan a mayor distancia de las actividades de enseñanza. Piénsese, por ejemplo, en el caso un tanto exótico del fundamentalismo cristiano en Bob Jones University (South Carolina) mencionado por Jean- Pierre Richer, donde blancos y negros no tienen permitido citarse en el campus. Mucho más cerca de casa, piénsese en la prohibición laboral en uno de nuestros campus universitarios, o la cesión de un kot communautaire de propiedad universitaria a un proyecto para estudiantes gay antes que a la rama local del Opus Dei.

A través de permitir o prohibir, de incentivar o desestimular algunas actividades, las decisiones de este tipo son difícilmente neutras en su inspiración, y menos neutras aún en términos de su impacto en las convicciones normativas de los estudiantes. Por supuesto, algunas de estas medidas podrían probar ser contraproducentes: la discriminación en contra del Opues Dei podría ocasionar conversiones, y un lavado de cerebro ambiental podría producir cínicos ecológicos. Pero puede, sin embargo, esperarse que habiendo atendido mas o menos asiduamente una institución que tolera o facilita cierto tipo de actitudes o conductas, mientras discrimina contra otras, la tendencia será a hacer que sus estudiantes contemplen las primeras como auto-evidentes y las últimas como problemáticas por el resto de sus vidas. Dentro de los parámetros de lo que la ley permite o prohíbe hay mucho que una universidad y sus órganos pueden decidir hacer o abstenerse de hacer, permitir o prohibir.

Cierto, los valores implícitamente enseñados por el entorno así modelados están lejos de una concepción plenamente específica de la justicia o de una ideología plenamente desarrollada. Son ampliamente de tal naturaleza que pocos, aquí y ahora, se atreverían a desafiarlos abiertamente. Pero esto no impide que sean valores, tampoco que sean enseñados por y en nuestras universidades, quieran o no admitirlo. La enseñanza de valores no se reduce a su prédica. Por lo tanto, evitar la prédica de valores de ética en los cursos no exonera a las universidades pensar acerca de los valores que enseñan y deben enseñar a sus estudiantes a través del entorno total que crean a través de sus decisiones.

5. Los profesores universitarios como un hermano mayor

Admito que esto no es particularmente agradable. Pero adelante hay cosas aun peores. Como fue señalado particularmente por Andris Barblan, la relación pedagógica es a la vez y al mismo tiempo, e inextricablemente, una transmisión de conocimiento (savoir), destrezas (savoir-faire) y savoir-être (saber-ser), que incluye inevitablemente una dimensión moral. Por supuesto, cada uno de estos aspectos de la función de enseñanza puede ser desempeñado bastante ineficientemente. En lo relativo al tercero, es ciertamente asunto de seria reflexión para nosotros profesores universitarios saber que cuando se les preguntó a algunos de nuestros estudiantes de la UCL de dónde obtuvieron su perspectiva moral, sus familias, los líderes de los movimientos de juventud y los profesores de escuela de primaria aparecen dentro de sus respuestas de manera mucho más prominente que nosotros. Sin embargo, es una verdad indudable para muchos de nosotros que la admiración que cultivamos por ciertos profesores se relacionaba a su forma de ser no menos que a qué tan bien pensaban, cuánto sabían o cuán brillantemente enseñaban.

Lo que sigue es apenas un poco más amplio y radical que simplemente esperar que los profesores de filosofía moral o política "se descubran" y confiesen cuáles son sus propios puntos de vista en lugar de simplemente alinearse en el pensamiento de otros; más amplio y radical también que esperar a que todos aquellos que enseñan asuntos con alguna relevancia en las políticas “alarguen el cuello” y reivindiquen, basados en lo que creen que saben y en juicios explícitos de valor, lo que ellos creen que debe hacerse [4]. Lo que sigue, mucho más amplio, es que los profesores de universidad, junto con todos los demás profesores, no deberían rehuir el pronunciar juicios, deberían afirmar que no todo es equivalente. Dado que no hay forma de excluir el mensaje moral en la relación de enseñanza, una abstención moral deliberada puede muy fácilmente ser interpretada, como lo señaló Bart Pattyn, como una adhesión a un compromiso de equivalencias. Esta, por supuesto, no es una posición moralmente neutra. Es una posición moralmente insostenible. Comparado a todos los otros servidores civiles -sean bomberos o recaudadores de impuestos, jueces o trabajadores sociales- se puede invocar, en lo que concierne a este punto, un algo muy particular en nosotros, los profesores -desde el jardín infantil hasta los de programas doctorales- que nos hace un poco como hermanos y hermanas mayores de nuestros pupilos y estudiantes, y que de esta forma nos singulariza del resto. Estamos inevitablemente, interminablemente, en el "asunto" de ayudarlos a crecer, y el reconocimiento de unos justos valores es parte del ir creciendo.

Por supuesto, la manera más directa y obvia de enseñar lo que nosotros creemos que son esos justos valores puede fácilmente ser contraproducente. Cuando era estudiante en el Instituto de Filosofía de la UCL había un curso, Questions de morale spéciale, que nos apabullaba con tanto adoctrinamiento moral que realizamos una campaña para retirarlo del programa. Fallamos miserablemente, y quince años después, fui llamado para enseñarlo. No debe sorprender: me afané en rediseñarlo, con el propósito de apoyar y dar confianza a los estudiantes en el pensar por si mismos y, luego de la creación de la Hoover Chair, la renombré Ethique économique et sociale. Después de dos décadas de enseñarla, estoy renuentemente dándome cuenta que había en la idea algo más legítimo de lo que yo pensé, central en las Questions de morale spéciale, y es que la educación moral es parte de lo que le adeudamos a nuestros estudiantes.

Por supuesto, en el mundo que habitamos, no podemos tener esperanza de satisfacer esta labor requiriéndoles que aprendan una especie de catequismo, tampoco a través del trazado de un Index autorum (o oratorum) prohibitorum. Al contrario, los estudiantes deben estar expuestos a leer y oír las más diversas, de hecho a las más extremas posiciones, tan políticamente incorrectas como sean, y deben discutir con las personas que las mantienen. Una educación moral efectiva no puede y no debe aislar afuera nada como si fuera un acordonamiento policial sanitario del mundo. Si hay algún chance para su existencia, será gracias a no rehuir expresar nuestras propias convicciones morales, con tacto pero firmemente, en el caso y cuando las oportunidades surjan; gracias también a vivir a la altura de las convicciones que profesamos esa parte de nuestras vidas (usualmente pequeña) que a nuestros estudiantes se les hace compartir; y gracias a generarle a nuestros estudiantes ocasiones para tener encuentros e interacciones con personalidades que admiramos no únicamente por sus calidades intelectuales si no también por sus compromisos morales.

Este es el segundo y no tan confortable (y no tan incontrovertible) sentido en el que parecería inevitable y correcto para nuestras universidades enseñar a sus estudiantes lo que está bien y mal. No solamente las decisiones de la universidad, colectivamente, generan una barrera de valores y un ambiente de modelado de valores. Adicionalmente, cada uno de nosotros individualmente debe estar alerta sobre el componente de educación moral en su rol. Para los jóvenes adultos que nos han sido confiados, no somos tan sólo transmisores de conocimiento y profesores de destrezas, somos algo así como hermanos y hermanas mayores, "senior silbings", quienes no dejan a un lado su rol al expresar, por palabra y acción, discretamente antes que con pomposidad, una cierta concepción de lo que constituye una vida buena.

Reconocer la legitimidad e importancia de esta tarea hace surgir una serie de preguntas delicadas. Algunas de ellas se refieren a la sustancia de los valores que habrán de ser objeto (a menudo implícito) de esta educación moral. Otras cuestiones se relacionan con las implicaciones institucionales de reconocer la importancia de la educación moral. Permanece bastante claro que la evaluación de nuestros estudiantes, si aprueban o desaprueban y que tan alta "marca" logran, debe basarse únicamente en su conocimiento y en las destrezas que puedan demostrar, y no en su savoir-être, su compromiso moral o su conducta. ¿Pero es igualmente claro, si parte del trabajo de un maestro es la educación moral, que los valores morales de los candidatos deben ser excluidos entre paréntesis como cuestión de principio al hacer nombramientos y al discutir promociones? Esta es una de las tantas preguntas que nuestro 6to Foro de Etica nos fuerza a encarar -sin proveer una respuesta final...

Philippe Van Parijs

NOTAS
[1] El texto abajo es una versión editada y expandida de las observaciones concluyentes del Foro, extensamente inspirada en las presentaciones que proveyeron al foro con su sustancia y las discusiones a las que dieron lugar. Presentaciones hechas por Andris BARBLAN (Secretary General of the Magna Charta Observatory on the Universities´ Fundamental Values and Rights, Bologna, and former secretary general of the European University association), Jean -Pierre RICHER (Université du Québec à Montreál), Emmanuelle DANBLON (ULB), Bart PATTYN (KuLeuven), Robert RUBENS (UGent), Yves THIRAN (RTBf & UCL), Nigel ROOME (ULB & Tilburg University), Boudewijn BOUCKAERT (UGent). Las densas presentaciones y los vívidos debates que desencadenaron fueron obviamente mucho más ricos de lo que pudo ser incorporado o simplemente aludido en las observaciones presentes. Tampoco se pretende con ellas expresar un consenso entre los participantes. Al contrario, he intentado movilizar lo que he aprendido de ellas, o entendido a partir de algunas de las intervenciones, para dar forma, alterar o refinar mis puntos de vista propios en los asuntos que demostraron ser los más divergentes. Una sinopsis de la mayoría de las intervenciones está disponible en http://www.fondationuniversitaire.be/en/forum.php
[2] J. Bricmont, "Pourquoi nous ne sommes plus catholiques", in dossier ULB-UCL même combat?, Bulletin du cercle du libre examen 42, octubre 2006, 15-18.
[3] May 10, 1985. Quoted by art Pattyn., "The Debate at KuLeuven".
http://www.fondationuniversitaire.be/en/forum.php
[4] La responsabilidad de los académicos en el debate público fue el tema de nuestro tercer Foro Etico 3 Libres para hablar? (noviembre 2004). Para una síntesis, véase:
http://www.fondationuniversitaire.be/common_docs/2004.SynthesisEF31.pdf

Traducción: Pablo Batelli, octubre 2008.
Agradecimientos: Margot Villa de Gómez Jaramillo, Piedad Gómez Villa, y Claudia Díaz Toledo.
(citar las fuentes)

martes, enero 05, 2010

Año nuevo en Bogotá (chamuscado)

Escribo estas líneas en lo que podría ser, filtrado por una mirada nostálgica, condescendiente con un pasado todavía no totalmente despojado de esperanza, un pasaje urbano, pero que no es otra cosa que un raso supermercado en medio de un centro comercial.
Frente a mí el cajero joven -con el vientre deformado por los efectos de su reiterativo oficio, los hombros caídos-, que vi anoche apurado, luchando por alcanzar su puesto de trabajo antes de la caída del memorando patronal. Su dedicación al tránsito preciso del dinero - actividad curiosamente todavía manual, humana, en un mundo contaminado de adminículos y promesas electrónicas- da cuenta de su inagotable reserva de fe en el relato de un mundo del futuro. Acaso de su desesperación y falta de otros senderos.
Sobre toda la ciudad se cierne una nube mezclada de contaminación petrolera y humo de incendio forestal. El olor es permanente: tierra, vegetal, roedor, sistema nervioso chamuscado. La visibilidad es baja y la nube sigue sobre nosotros. Es fácil extender la mano para tiznarse los dedos.
Bajo el techo irrespirable, otro techo brinda el amparo de una tranquilidad de conciencia ilusoria. El suministro permanente de cristalería gourmet, las sillas de diseñador que dignifican la vida del necesitado ciudadano (consumidor), las neveras con carne industrialmente procesada -importada-, empacada al vacío, la chatarra contaminada enlatada, los carritos doblados bajo el peso de la voracidad de lujo, sostienen la tramoya de un restringido universo en el que ninguna situación será suficientemente espantosa y todo epílogo es susceptible de ser aplazado y reescrito.
Nada causará el más mínimo grado de horror, ni siquiera una extinción que se cree, y espera cándidamente, caerá sobre la especie con la infalibilidad certera y benigna de un paro cardiaco sobre un gato agitado.
Aquí, desde mi ángulo de visión sobre las cajas en serie, atascado en el diseño de una mesita que algún diseñador consideró apta para mi confort (pero que no hace pie y brinda solamente una superficie riesgosamente inestable, como todo lo demás), veo la gente amparada en la seguridad de sus finas prendas, agradable perfume, apariencia de buena salud, volumen de acopio en el carro de compras, ingenua o desesperadamente depositada en la estabilidad de las promesas de un confort inalterable y perpetuo; en otros se manifiesta otra incipiente tendencia, la convicción de que la permanencia es de poca monta frente al valor de cada momento de placer radical y satisfacción predatoria.
La letrina aumenta su lujo y su valor. Se está más cerca de una época de toxicidad total.

viernes, diciembre 18, 2009

Avaaz.org

Petición dirigida a los 110 Presidentes and Primeros Ministros participando en las negociaciones en en Copenhague:

Les pedimos urgentemente que asuman sus responsabilidades y ofrezcan las concesiones necesarias para solucionar la crisis climática actual. Los países ricos deben comprometerse a ofrecer un financiamiento justo y adecuado, y todos los países deben establecer objetivos ambiciosos para reducir emisiones. Les urgimos a no irse de Copenhague sin llegar a un acuerdo que sea justo, ambicioso y vinculante, capaz de proteger al mundo de un calentamiento global de 2 grados con consecuencias catastróficas.

Firmar el documento

lunes, noviembre 23, 2009

Espacios de escritura T8 - Claudia Díaz *

1
Imagino a un hombre, una maceta y un cincel. Resuenan a corta distancia. A veces se escucha como si no fuera uno sólo, sino varios. Hipopótamos en una playa seca adornados con escafandras y baratijas. Acechan mi descanso, amenazan con su baile turbio la tranquilidad perpetua que desde alguna zona del ser se extiende hasta colonizarlo por completo.
Imagino varios cinceles dispuestos sobre un escenario.
Nuevo intento. Otro comienzo. Levantar de nuevo el brazo para asestar el golpe preciso; la mano y la muñeca, tan frágiles, tan útiles para el golpe tanto como para ensamblar un reloj o acariciar el rostro de una polilla, apenas a centímetros -milímetros- de la descarga que está a punto de caer sobre un extremo redondeado del puntero.
Dispuestos sobre el escenario, bailarines que se mueven con el golpe de un puntapié o el culatazo de un fusil. Difícilmente pueden mantenerse erguidos, salvo cuando son sostenidos por la mano de un albañil diestro en un ángulo preciso. Sobresaltos indóciles en el pavimento, grácilmente dispuestos para volcar una aplanadora. La cabeza de la maceta se comprime al mismo tiempo que comprime el cincel, al mismo tiempo el cincel transmite toda la inercia del impacto al concreto, o al ladrillo, y lo comprime hasta romperlo, fisurarlo. El cincel y el golpe y el ejército de albañiles están allí, en un baile que se acerca y se aleja de mis oídos, para romper y retirar materia, para excavar, para indagar qué se encuentra debajo de la plancha, de la última placa, para echar luz del día más abajo del sótano.
La máquina de escribir produce noventa decibeles de sonido a un metro de distancia; en intensidad, puede competir con una danza de cinceles en una obra, pero el sonido es más grave, y su efecto, generar textos añadiendo negro o restando del blanco, puede o no ser comparado al cincel. El cincel produce escombros diminutos que son lanzados en explosiones diminutas de alto poder proporcional; la letra deja un orificio negro en el espacio en blanco; el límite entre el final del orificio y el comienzo del blanco es, si se lo mira de cerca, irregular, y se parece también al contorno o al borde de un cráter dejado por una explosión.
Nuevo comienzo. El cincel empuja una pieza de construcción no para desalojarla, sino para ubicarla en un lugar preciso. No retira un ladrillo, lo incrusta en su sitio preciso, permanente. Oradar el blanco para ver a través de la página, más allá del sótano, acaso para encontrar enterrado el cuerpo de una mascota, una pala de acero oxidada, una bolsa de basura que nunca cumplió su ciclo de descomposición. Escribir sobre ello con la gracia de un móvil de cinceles que cuelgan del techo y que al ser golpeados con un martillo producen un sonido como el tañido de un diapasón. Así como la mano un poco separada de su equilibrio justo produciría un desastre para el albañil, la escritura requiere también del justo apoyo de todas las partes de nuestro cuerpo para impedir, para señalar solo una de las cosas desastrosas que podría suceder, que el lápiz se vuelque hasta alcanzar una posición horizontal final.
2
La primera vez que jugué Telebolito fue en un bar que, para los tiempo de hoy, sería un lugar imposible. A todos los controles de asepsia de conducta que rigen ahora, hay que añadir que ya no se juega Telebolito, que una máquina grande, toda una columna del tamaño de un parlante de concierto, con la capacidad para, de cuando en cuando, tragar algunas monedas, como complemento a la juerga de unos borrachos a los que un niño mira con extrañamiento, pero con familiaridad en ese extrañamiento, es hoy un mecanismo de lucro ineficiente, superado por otras formas de administración del entretenimiento más poderosas y rentables.
Claro que decir "la primera vez que jugué telebolito" es impreciso porque no sé si el recuerdo que tengo de estar jugando por primera vez corresponde con la ocasión en que jugué telebolito por primera vez. Tampoco sabría decir si el recuerdo que tengo del momento en que jugué a los dardos por primera vez corresponde a la ocasión en que jugué a los dardos por primera vez. Incluso si no tuviera más que un único recuerdo de estar en un sala con los tableros de dardos al frente, lanzados desde una posición baja, imprimiéndoles el ángulo y la trayectoria que dibuja en el aire el hilo que conecta a una cometa con la mano de quien la controla, y si ese único recuerdo se iluminara en mi memoria como el registro de algo que sucedió en el pasado remoto de mi niñez, creo que no podría saberse si ese es el recuerdo de una primera vez. También la asepsia de hoy haría imposible la presencia de la mano frágil y la muñeca endeble del niño, lanzando el dardo en trayectoria balística ascendente, como quien trata de alcanzar un satélite con un misil, conviviendo entre las trayectorias balísticas horizontales o parabólicas descendentes de la mano pesada del adulto sobrio o medianamente ebrio, en un disparo que refleja la flacidez de su puntería.
Después de ello jugué al Atari en casa de un compañero de colegio hasta que la compañía quebró y el aparataje electrónico cayó lentamente en desuso por falta de representación y caducidad de los equipos. Luego de un largo paréntesis en que en mi juventud me vi apartado de todo aparato electrónico, incluido el más primario de todos que es la televisión, reaparecí convertido en lo que creía era un adulto anacrónicamente adicto a las salas de juego en los centros comerciales. Nos reuníamos con un amigo a jugar Tetris y ajedrez, y allí, entre una cosa y otra, con sobredosis de tinto y barras de chocolate, le huíamos al destino de las responsabilidades.
En el momento en que las compañías de juego empujaban el desarrollo de los computadores, y el encandilamiento gráfico reemplaza la simplicidad, claridad y belleza de diseño de los primeros juegos, me encontraba ya dando vueltas por las máquinas de juego en diversos casinos de la ciudad. Allí perdí fortunas, pero también, cierta confianza, sucedió una ruptura, la fe ciega de que, aun habiendo esquivado la muerte en varios accidentes que entrañaban un riesgo mortal, yo era un hombre afortunado llamada a acumular un desborde en cauce de flujo de la incertidumbre estadística.
Más tarde me aficioné a internet; y ahora, siguiendo las palabras de alguien que comparte a mi derecha este tránsito por el silencio, por el suave cincelar de las puntas de lápices y plumas, por la tendencia compartida a restar del blanco una senda de lectura, solo espero interesarme por un lápiz y un pedazo de papel.
3
Este será un texto breve, limitado ya por el cansancio en la persecución de una imagen que describa la pesadez. Es como que, lanzado desde un avión, la imagen tuviera un cuerpo afilado capaz de rasgar la resistencia al aire con mayor eficiencia que mi mayor esfuerzo. Si me lanzara después de haberme afilado la cabeza con un tajalápiz, aun así vería la imagen de la pesadez huyendo de mi en dirección a tierra, y luego, salir por el extremo opuesto del eje en dirección al espacio.
Para alejare de quien creo que soy, he decidido empezar a firmar mis cosas con el nombre de un tercero. Y para alejarme aun más de todas mis emociones, he empezado a buscar pseudónimos de terceros, de manera que suceda así un doble nivel de suplantación-sustitución; una identidad sustituto que me reemplaza que es a su vez reemplazada con otra identidad sustituta. Y así, hasta que no exista ningún vínculo inequívoco entre un texto y una fuente asociada al momento de escritura.
*A partir de la tensión levedad-peso en Calvino.