Correspondencia Editorial I y II
CORRESPONDENCIA EDITORIAL II *
Todo proceso tiene un punto de partida, aun cuando se tiene siempre la tentación de afirmar que todo punto de partida es a su vez un proceso que incluye, recursivamente hacia el pasado, otro punto de partida. Para hacer algo ahora, es necesario remontarse al punto de partida del ahora, y al hacerlo, se deben remontar todos los puntos de partida de todos los puntos de partida que se encuentran abarcados en el único punto de partida que deseamos fijar. Así podemos justificar un indefinido aplazamiento que nos exime de nuestra incapacidad para resolver un asunto, en tanto las razones de esta incapacidad se convierten en fundamentos que parecen obedecer mejor a instancias de la física que a condiciones específicas individuales. Debo hacer esto, pero antes de hacer esto debo hacer aquello, y así, esto aquello se suceden en una serie de volutas que se desarrollan unas contenidas en otras hasta generar una total parálisis del deseo de hacer.
Comienzo a escuchar el video y a recolectar algunas direcciones de internet para hacer un archivo mínimo de material audiovisual. Me siento frente al teclado; si es de noche, utilizo un par de audífonos para no molestar el sueño del vecino, que duerme al otro lado de un muro con precario aislamiento acústico. A pesar de la estabilidad acumulativa de la red nuestros parámetros de seguridad implican descargar el archivo a la computadora personal aun cuando se sabe que esta manía por realizar un exhaustivo inventario digital duplicado genera una proliferación de información traslapada en miles de discos duros superfluos. De manera que antes de iniciar esta transcripción debo preguntarme por la capacidad mínima de bytes necesarios para almacenar toda la información de todos los computadores del mundo sin tener en este archivo (listado) información duplicada. Probablemente sea una millonésima de la capacidad de almacenaje generada hasta ahora, probablemente sea una millonésima de millonésima. En principio, tendríamos que calcular, para un archivo específico de interés general, un video en red, por ejemplo, cuantos duplicados habría en las computadoras personales dispersas en el mundo. Luego, realizar este proceso para cada archivo, y prever que el ritmo de inventario es más rápido que el ritmo de generación de nuevos archivos.
En este estado de ánimo comienzo mi aproximación al Museo. Imagino el suceso de mañana, que ya es hoy, pues retomo la escritura de este texto sobre la marcha de las cosas. A mi lado izquierdo, sobre un escritorio de melamina blanca, descansa una memoria usb para trasladar la información del computador "personal" de escritorio al computador "personal" portátil. Personal, es una cualidad que define nuestra cada vez más disociada presencia en el mundo, no hay propiedad posible vacante. Un poco más lejos a la izquierda, un teléfono móvil, un esfero, una calculadora texas instruments y un multímetro digital unit T. Todo ello configura un escenario donde se supone debe estar desarrollándose alguna actividad, sin embargo, cada vez más me siento lleno de síntomas aparentes de actividad, pero sin movimiento alguno real.
Bajo a prepararme algo de té, obedeciendo al mito del té verde. Seis tazas retardan, según complejas explicaciones dadas por los biólogos, los procesos de envejecimiento y aletargamiento neuronal. Me siento con Claudia, hablamos de algunas cosas. Le comento que debo realizar un acopio de material antes de comenzar la transcripción, pero que para ello requiero descargar algunos archivos de internet, y que antes de ello requiero resolver la pregunta sobre la capacidad mínima de servidores digitales en el mundo requerida para guardar la totalidad de los archivos existentes sin duplicados. Y en algún momento en el curso de esta digresión surge la angustia por encontrar en algún lugar del laberinto de direcciones url un programa adecuado para descargar archivos de internet, que sea gratuito y que funcione, aunque esté colmado de todos los virus y los códigos espías que le puedan implantar a cada byte de programación. He instalado y desinstalado varios, cada uno consume un tiempo, cada uno desconfigura una zona del registro, aporta lo suyo al colapso de la máquina programable infalible, nuestro querido computador. Cada uno requiere un proceso de familiaridad con la interface para después descubrir que sus posibilidades están limitadas, en área, capacidad de manejo de archivos, ordenes probables: finalmente, ninguno puede realizar exactamente lo que deseo, y han pasado ya más de seis días de prueba y error, más de seis meses, más de seis años, más de seis décadas. Así es como la industria se vale de la red para mantenernos en un estado de permanente dispersión y postergación. En medio de esta inutilidad, Claudia me interrumpe y me dice: "tengo deseos de estudiar una materia de filosofía, pero no como estudiante, solo como asistente". Estamos cansados de las formalidades y los protocolos que sentimos sirven como pretexto para administrar cada uno de nuestros movimientos. Entonces recuerda que ella cuando era profesora en alguna de las universidades privadas, y en cuál exactamente no importa porque todos sabemos de la filosofía carcelaria que ahora las dirige y que las uniforma en misión, visión y propósito, había convenido con un ex estudiante aceptarlo en sus clases en esa calidad ambigua que se conoce como "asistente". Sucedió que en medio de la clase entraron las fuerzas de seguridad de la universidad, identificaron al intruso y realizaron un proceso de extracción. De esta manera no sólo expulsaron al estudiante del campus privado de la universidad; además dejaron en claro que el conocimiento del profesor en el marco universitario era administrado por la universidad y que la institución no ahorraría esfuerzos para hacer valer sus métodos de administración de almas.
Bien, me preparo mejor para poner en orden mis materiales y dejar todo listo para abordar, con Claudia, el taxi rumbo a la Universidad. En efecto, es como si la postergación por interferencia de una infinidad de acciones precedentes me impidiera seguir en la senda donde no estoy y dar curso a un desarrollo de asuntos para desembocar, siguiendo normas objetivas de inferencia, en una conclusión consistente.
El parámetro editorial, del que hemos presentado una misiva personal como introducción a este texto, sufre de una paradoja: en medios con aspiraciones pedagógicas la rigidez de un parámetro o criterio editorial específico es requisito para que la naturaleza pedagógica de una experiencia tenga una oportunidad de ser satisfecha de manera más o menos eficaz. En medios resistentes a su obligación pedagógica, es decir, en lugares en donde no se acepta como ley editorial el propósito de la divulgación, la ley editorial se desvanece gradualmente, acercándose asintóticamente a un espacio de gratuidad y flujo en donde sucede su plena abolición, y por ende, la total imposibilidad, por condición vacía, de imponer una ley a otra, de desplazar una forma específica de modelar por otra forma específica diferente.
* Octubre de 2009, Bogotá. Museo de la Universidad Nacional de Colombia.
CORRESPONDENCIA EDITORIAL I *
Todo proceso tiene un punto de partida, aun cuando se tiene siempre la tentación de afirmar que todo punto de partida es a su vez un proceso que incluye, recursivamente hacia el pasado, otro punto de partida. Para hacer algo ahora, es necesario remontarse al punto de partida del ahora, y al hacerlo, se deben remontar todos los puntos de partida de todos los puntos de partida que se encuentran abarcados en el único punto de partida que deseamos fijar. Así podemos justificar un indefinido aplazamiento que nos exime de nuestra incapacidad para resolver un asunto, en tanto las razones de esta incapacidad se convierten en fundamentos que parecen obedecer mejor a instancias de la física que a condiciones específicas individuales. Debo hacer esto, pero antes de hacer esto debo hacer aquello, y así, esto aquello se suceden en una serie de volutas que se desarrollan unas contenidas en otras hasta generar una total parálisis del deseo de hacer.
Comienzo a escuchar el video y a recolectar algunas direcciones de internet para hacer un archivo mínimo de material audiovisual. Me siento frente al teclado; si es de noche, utilizo un par de audífonos para no molestar el sueño del vecino, que duerme al otro lado de un muro con precario aislamiento acústico. A pesar de la estabilidad acumulativa de la red nuestros parámetros de seguridad implican descargar el archivo a la computadora personal aun cuando se sabe que esta manía por realizar un exhaustivo inventario digital duplicado genera una proliferación de información traslapada en miles de discos duros superfluos. De manera que antes de iniciar esta transcripción debo preguntarme por la capacidad mínima de bytes necesarios para almacenar toda la información de todos los computadores del mundo sin tener en este archivo (listado) información duplicada. Probablemente sea una millonésima de la capacidad de almacenaje generada hasta ahora, probablemente sea una millonésima de millonésima. En principio, tendríamos que calcular, para un archivo específico de interés general, un video en red, por ejemplo, cuantos duplicados habría en las computadoras personales dispersas en el mundo. Luego, realizar este proceso para cada archivo, y prever que el ritmo de inventario es más rápido que el ritmo de generación de nuevos archivos.
En este estado de ánimo comienzo mi aproximación al Museo. Imagino el suceso de mañana, que ya es hoy, pues retomo la escritura de este texto sobre la marcha de las cosas. A mi lado izquierdo, sobre un escritorio de melamina blanca, descansa una memoria usb para trasladar la información del computador "personal" de escritorio al computador "personal" portátil. Personal, es una cualidad que define nuestra cada vez más disociada presencia en el mundo, no hay propiedad posible vacante. Un poco más lejos a la izquierda, un teléfono móvil, un esfero, una calculadora texas instruments y un multímetro digital unit T. Todo ello configura un escenario donde se supone debe estar desarrollándose alguna actividad, sin embargo, cada vez más me siento lleno de síntomas aparentes de actividad, pero sin movimiento alguno real.
Bajo a prepararme algo de té, obedeciendo al mito del té verde. Seis tazas retardan, según complejas explicaciones dadas por los biólogos, los procesos de envejecimiento y aletargamiento neuronal. Me siento con Claudia, hablamos de algunas cosas. Le comento que debo realizar un acopio de material antes de comenzar la transcripción, pero que para ello requiero descargar algunos archivos de internet, y que antes de ello requiero resolver la pregunta sobre la capacidad mínima de servidores digitales en el mundo requerida para guardar la totalidad de los archivos existentes sin duplicados. Y en algún momento en el curso de esta digresión surge la angustia por encontrar en algún lugar del laberinto de direcciones url un programa adecuado para descargar archivos de internet, que sea gratuito y que funcione, aunque esté colmado de todos los virus y los códigos espías que le puedan implantar a cada byte de programación. He instalado y desinstalado varios, cada uno consume un tiempo, cada uno desconfigura una zona del registro, aporta lo suyo al colapso de la máquina programable infalible, nuestro querido computador. Cada uno requiere un proceso de familiaridad con la interface para después descubrir que sus posibilidades están limitadas, en área, capacidad de manejo de archivos, ordenes probables: finalmente, ninguno puede realizar exactamente lo que deseo, y han pasado ya más de seis días de prueba y error, más de seis meses, más de seis años, más de seis décadas. Así es como la industria se vale de la red para mantenernos en un estado de permanente dispersión y postergación. En medio de esta inutilidad, Claudia me interrumpe y me dice: "tengo deseos de estudiar una materia de filosofía, pero no como estudiante, solo como asistente". Estamos cansados de las formalidades y los protocolos que sentimos sirven como pretexto para administrar cada uno de nuestros movimientos. Entonces recuerda que ella cuando era profesora en alguna de las universidades privadas, y en cuál exactamente no importa porque todos sabemos de la filosofía carcelaria que ahora las dirige y que las uniforma en misión, visión y propósito, había convenido con un ex estudiante aceptarlo en sus clases en esa calidad ambigua que se conoce como "asistente". Sucedió que en medio de la clase entraron las fuerzas de seguridad de la universidad, identificaron al intruso y realizaron un proceso de extracción. De esta manera no sólo expulsaron al estudiante del campus privado de la universidad; además dejaron en claro que el conocimiento del profesor en el marco universitario era administrado por la universidad y que la institución no ahorraría esfuerzos para hacer valer sus métodos de administración de almas.
Bien, me preparo mejor para poner en orden mis materiales y dejar todo listo para abordar, con Claudia, el taxi rumbo a la Universidad. En efecto, es como si la postergación por interferencia de una infinidad de acciones precedentes me impidiera seguir en la senda donde no estoy y dar curso a un desarrollo de asuntos para desembocar, siguiendo normas objetivas de inferencia, en una conclusión consistente.
El parámetro editorial, del que hemos presentado una misiva personal como introducción a este texto, sufre de una paradoja: en medios con aspiraciones pedagógicas la rigidez de un parámetro o criterio editorial específico es requisito para que la naturaleza pedagógica de una experiencia tenga una oportunidad de ser satisfecha de manera más o menos eficaz. En medios resistentes a su obligación pedagógica, es decir, en lugares en donde no se acepta como ley editorial el propósito de la divulgación, la ley editorial se desvanece gradualmente, acercándose asintóticamente a un espacio de gratuidad y flujo en donde sucede su plena abolición, y por ende, la total imposibilidad, por condición vacía, de imponer una ley a otra, de desplazar una forma específica de modelar por otra forma específica diferente.
* Octubre de 2009, Bogotá. Museo de la Universidad Nacional de Colombia.
CORRESPONDENCIA EDITORIAL I *
Estimado Ricardo,
Luego de dar algunas vueltas en moto, y de salir a disfrutar el aire puro dejando tras de mí una estela de aire contaminado, me siento a escribir lo que es requerido para satisfacer los protocolos propios de algunas zonas de nuestro quehacer.
Si bien quisiera ser capaz de asociar a cada una de mis acciones un claro propósito agradezco con frecuencia no poseer el suficiente empeño o simplemente no ser capaz de lograrlo. Por ahora, sigo una noción: que un perfecto apareamiento entre acción y propósito solamente conduciría a la mutilación de algunos eventos de lo probable que se nos presentan sin dirección aparente, por lo tanto, a la práctica de falsificar un propósito para las acciones puramente espontáneas a las que el criterio de perfecto apareamiento obligaría a encontrarles una finalidad. Se puede establecer conjeturalmente, en un punto límite de la escala, que toda finalidad escapa a cualquier propósito previo de finalidad.
De otra parte concibo mis textos cada vez más como formas de correspondencia: escritos que han sido el resultado de un proceso de permutación de experiencias despojados de la pretensión evidente de llegar a la luz para hablarle a más de un destinatario. Vínculos que pueden lograr que dos personas, temporalmente, entren -o no- en correspondencia.
Este tipo de escritura involucra una característica: genera un proceso de edición que o bien está definitivamente ausente, en el sentido de que lo que se escribe está exento de ser interferido por la mirada de un amplio grupo de personas que representan una instancia de observación, o bien es una forma parcial de edición. La edición parcial viene a ocurrir, conjeturalmente, como podría estar ocurriendo ahora, cuando se escribe a una sola persona vislumbrando la posibilidad de que el texto sea leído, en algún momento, por varios destinatarios. Esta, no obstante, no parece ser la única forma de edición parcial o total y tan pronto terminamos la conjetura parece necesaria una revisión.
La primera tentativa de modificación a un texto no manuscrito se deriva de establecer la posibilidad de la interferencia de una forma de edición parcial o total incluso cuando se cree estar escribiendo a una sola persona. Escribir a un único destinatario también puede ser escribir simultáneamente a la mirada de la totalidad de las personas que ese destinatario puede haber incorporado en la formación de su propia y pretendidamente única forma de mirar. La palabra manuscrito aparece porque aun recuerdo las épocas anteriores a la proliferación de los computadores -y la intervención del famoso slogan o acrónimo WYSIWYG, o "what you see is what you get"- cuando el margen de error era mínimo y se presuponía que todos los procesos de edición se habían resuelto previo al momento definitivo de mecanografiar o de escribir a mano.
La otra enmienda, más grave y más evidente, es que aún cuando intentemos despojarnos de todo nivel de interferencia editorial durante el proceso de escritura, nunca se llegará a un nivel cero o a un nivel negativo. Cuando alcancemos tal estado, estaremos editados por nuestra ilusión de encontrarnos no editados.
Nos acercamos a una suerte de teoría trivial que parece conducir, como toda teoría trivial y no trivial, a una inevitable contradicción, a una prueba capaz de convencernos transitoriamente de la esterilidad de ciertas o de todas las teorías excepto porque ellas nos sirven para apreciar las limitaciones de sus sistemas y el valor de la observación especifica. Entonces la correspondencia debe consistir en un tratar de incitar a otro a que nos lea sin ningún tipo de filtro y la respuesta es que esto parecería una tarea imposible.
Por esta razón me inclino a creer que ser totalmente incapaces de vivir dentro de un modo no apareado entre acciones y finalidad podría constituir un elemento no trivial que da vida a los parámetros editoriales y de modelado social de una administración de la que participamos como mera colección mínima de existencias mínimas cuya única función -finalidad- es la de preservar un inventario mínimo de actores económicos prescindibles.
Aproximarme a las cosas que me rodean como a una lucha sobre un territorio total de discurso y lenguaje, determinada por criterios de edición en conflicto, donde la dinámica de ese conflicto descansa en la facultad que tiene un criterio para desintegrar y desplazar a otro, podría traducirse a un conjunto de símiles, juegos digitales de refinada programación, de las luchas de poblaciones enteras por imponer a otros sus parámetros -y oportunidades de supervivencia- editoriales.
Si bien quisiera ser capaz de asociar a cada una de mis acciones un claro propósito agradezco con frecuencia no poseer el suficiente empeño o simplemente no ser capaz de lograrlo. Por ahora, sigo una noción: que un perfecto apareamiento entre acción y propósito solamente conduciría a la mutilación de algunos eventos de lo probable que se nos presentan sin dirección aparente, por lo tanto, a la práctica de falsificar un propósito para las acciones puramente espontáneas a las que el criterio de perfecto apareamiento obligaría a encontrarles una finalidad. Se puede establecer conjeturalmente, en un punto límite de la escala, que toda finalidad escapa a cualquier propósito previo de finalidad.
De otra parte concibo mis textos cada vez más como formas de correspondencia: escritos que han sido el resultado de un proceso de permutación de experiencias despojados de la pretensión evidente de llegar a la luz para hablarle a más de un destinatario. Vínculos que pueden lograr que dos personas, temporalmente, entren -o no- en correspondencia.
Este tipo de escritura involucra una característica: genera un proceso de edición que o bien está definitivamente ausente, en el sentido de que lo que se escribe está exento de ser interferido por la mirada de un amplio grupo de personas que representan una instancia de observación, o bien es una forma parcial de edición. La edición parcial viene a ocurrir, conjeturalmente, como podría estar ocurriendo ahora, cuando se escribe a una sola persona vislumbrando la posibilidad de que el texto sea leído, en algún momento, por varios destinatarios. Esta, no obstante, no parece ser la única forma de edición parcial o total y tan pronto terminamos la conjetura parece necesaria una revisión.
La primera tentativa de modificación a un texto no manuscrito se deriva de establecer la posibilidad de la interferencia de una forma de edición parcial o total incluso cuando se cree estar escribiendo a una sola persona. Escribir a un único destinatario también puede ser escribir simultáneamente a la mirada de la totalidad de las personas que ese destinatario puede haber incorporado en la formación de su propia y pretendidamente única forma de mirar. La palabra manuscrito aparece porque aun recuerdo las épocas anteriores a la proliferación de los computadores -y la intervención del famoso slogan o acrónimo WYSIWYG, o "what you see is what you get"- cuando el margen de error era mínimo y se presuponía que todos los procesos de edición se habían resuelto previo al momento definitivo de mecanografiar o de escribir a mano.
La otra enmienda, más grave y más evidente, es que aún cuando intentemos despojarnos de todo nivel de interferencia editorial durante el proceso de escritura, nunca se llegará a un nivel cero o a un nivel negativo. Cuando alcancemos tal estado, estaremos editados por nuestra ilusión de encontrarnos no editados.
Nos acercamos a una suerte de teoría trivial que parece conducir, como toda teoría trivial y no trivial, a una inevitable contradicción, a una prueba capaz de convencernos transitoriamente de la esterilidad de ciertas o de todas las teorías excepto porque ellas nos sirven para apreciar las limitaciones de sus sistemas y el valor de la observación especifica. Entonces la correspondencia debe consistir en un tratar de incitar a otro a que nos lea sin ningún tipo de filtro y la respuesta es que esto parecería una tarea imposible.
Por esta razón me inclino a creer que ser totalmente incapaces de vivir dentro de un modo no apareado entre acciones y finalidad podría constituir un elemento no trivial que da vida a los parámetros editoriales y de modelado social de una administración de la que participamos como mera colección mínima de existencias mínimas cuya única función -finalidad- es la de preservar un inventario mínimo de actores económicos prescindibles.
Aproximarme a las cosas que me rodean como a una lucha sobre un territorio total de discurso y lenguaje, determinada por criterios de edición en conflicto, donde la dinámica de ese conflicto descansa en la facultad que tiene un criterio para desintegrar y desplazar a otro, podría traducirse a un conjunto de símiles, juegos digitales de refinada programación, de las luchas de poblaciones enteras por imponer a otros sus parámetros -y oportunidades de supervivencia- editoriales.
* Respuesta a la invitación de Ricardo Arcos Palma para una conferencia el 7 de octubre de 2009 en el Museo de la Universidad Nacional de Colombia.