martes, enero 05, 2010

Año nuevo en Bogotá (chamuscado)

Escribo estas líneas en lo que podría ser, filtrado por una mirada nostálgica, condescendiente con un pasado todavía no totalmente despojado de esperanza, un pasaje urbano, pero que no es otra cosa que un raso supermercado en medio de un centro comercial.
Frente a mí el cajero joven -con el vientre deformado por los efectos de su reiterativo oficio, los hombros caídos-, que vi anoche apurado, luchando por alcanzar su puesto de trabajo antes de la caída del memorando patronal. Su dedicación al tránsito preciso del dinero - actividad curiosamente todavía manual, humana, en un mundo contaminado de adminículos y promesas electrónicas- da cuenta de su inagotable reserva de fe en el relato de un mundo del futuro. Acaso de su desesperación y falta de otros senderos.
Sobre toda la ciudad se cierne una nube mezclada de contaminación petrolera y humo de incendio forestal. El olor es permanente: tierra, vegetal, roedor, sistema nervioso chamuscado. La visibilidad es baja y la nube sigue sobre nosotros. Es fácil extender la mano para tiznarse los dedos.
Bajo el techo irrespirable, otro techo brinda el amparo de una tranquilidad de conciencia ilusoria. El suministro permanente de cristalería gourmet, las sillas de diseñador que dignifican la vida del necesitado ciudadano (consumidor), las neveras con carne industrialmente procesada -importada-, empacada al vacío, la chatarra contaminada enlatada, los carritos doblados bajo el peso de la voracidad de lujo, sostienen la tramoya de un restringido universo en el que ninguna situación será suficientemente espantosa y todo epílogo es susceptible de ser aplazado y reescrito.
Nada causará el más mínimo grado de horror, ni siquiera una extinción que se cree, y espera cándidamente, caerá sobre la especie con la infalibilidad certera y benigna de un paro cardiaco sobre un gato agitado.
Aquí, desde mi ángulo de visión sobre las cajas en serie, atascado en el diseño de una mesita que algún diseñador consideró apta para mi confort (pero que no hace pie y brinda solamente una superficie riesgosamente inestable, como todo lo demás), veo la gente amparada en la seguridad de sus finas prendas, agradable perfume, apariencia de buena salud, volumen de acopio en el carro de compras, ingenua o desesperadamente depositada en la estabilidad de las promesas de un confort inalterable y perpetuo; en otros se manifiesta otra incipiente tendencia, la convicción de que la permanencia es de poca monta frente al valor de cada momento de placer radical y satisfacción predatoria.
La letrina aumenta su lujo y su valor. Se está más cerca de una época de toxicidad total.