lunes, noviembre 23, 2009

Espacios de escritura T8 - Claudia Díaz *

1
Imagino a un hombre, una maceta y un cincel. Resuenan a corta distancia. A veces se escucha como si no fuera uno sólo, sino varios. Hipopótamos en una playa seca adornados con escafandras y baratijas. Acechan mi descanso, amenazan con su baile turbio la tranquilidad perpetua que desde alguna zona del ser se extiende hasta colonizarlo por completo.
Imagino varios cinceles dispuestos sobre un escenario.
Nuevo intento. Otro comienzo. Levantar de nuevo el brazo para asestar el golpe preciso; la mano y la muñeca, tan frágiles, tan útiles para el golpe tanto como para ensamblar un reloj o acariciar el rostro de una polilla, apenas a centímetros -milímetros- de la descarga que está a punto de caer sobre un extremo redondeado del puntero.
Dispuestos sobre el escenario, bailarines que se mueven con el golpe de un puntapié o el culatazo de un fusil. Difícilmente pueden mantenerse erguidos, salvo cuando son sostenidos por la mano de un albañil diestro en un ángulo preciso. Sobresaltos indóciles en el pavimento, grácilmente dispuestos para volcar una aplanadora. La cabeza de la maceta se comprime al mismo tiempo que comprime el cincel, al mismo tiempo el cincel transmite toda la inercia del impacto al concreto, o al ladrillo, y lo comprime hasta romperlo, fisurarlo. El cincel y el golpe y el ejército de albañiles están allí, en un baile que se acerca y se aleja de mis oídos, para romper y retirar materia, para excavar, para indagar qué se encuentra debajo de la plancha, de la última placa, para echar luz del día más abajo del sótano.
La máquina de escribir produce noventa decibeles de sonido a un metro de distancia; en intensidad, puede competir con una danza de cinceles en una obra, pero el sonido es más grave, y su efecto, generar textos añadiendo negro o restando del blanco, puede o no ser comparado al cincel. El cincel produce escombros diminutos que son lanzados en explosiones diminutas de alto poder proporcional; la letra deja un orificio negro en el espacio en blanco; el límite entre el final del orificio y el comienzo del blanco es, si se lo mira de cerca, irregular, y se parece también al contorno o al borde de un cráter dejado por una explosión.
Nuevo comienzo. El cincel empuja una pieza de construcción no para desalojarla, sino para ubicarla en un lugar preciso. No retira un ladrillo, lo incrusta en su sitio preciso, permanente. Oradar el blanco para ver a través de la página, más allá del sótano, acaso para encontrar enterrado el cuerpo de una mascota, una pala de acero oxidada, una bolsa de basura que nunca cumplió su ciclo de descomposición. Escribir sobre ello con la gracia de un móvil de cinceles que cuelgan del techo y que al ser golpeados con un martillo producen un sonido como el tañido de un diapasón. Así como la mano un poco separada de su equilibrio justo produciría un desastre para el albañil, la escritura requiere también del justo apoyo de todas las partes de nuestro cuerpo para impedir, para señalar solo una de las cosas desastrosas que podría suceder, que el lápiz se vuelque hasta alcanzar una posición horizontal final.
2
La primera vez que jugué Telebolito fue en un bar que, para los tiempo de hoy, sería un lugar imposible. A todos los controles de asepsia de conducta que rigen ahora, hay que añadir que ya no se juega Telebolito, que una máquina grande, toda una columna del tamaño de un parlante de concierto, con la capacidad para, de cuando en cuando, tragar algunas monedas, como complemento a la juerga de unos borrachos a los que un niño mira con extrañamiento, pero con familiaridad en ese extrañamiento, es hoy un mecanismo de lucro ineficiente, superado por otras formas de administración del entretenimiento más poderosas y rentables.
Claro que decir "la primera vez que jugué telebolito" es impreciso porque no sé si el recuerdo que tengo de estar jugando por primera vez corresponde con la ocasión en que jugué telebolito por primera vez. Tampoco sabría decir si el recuerdo que tengo del momento en que jugué a los dardos por primera vez corresponde a la ocasión en que jugué a los dardos por primera vez. Incluso si no tuviera más que un único recuerdo de estar en un sala con los tableros de dardos al frente, lanzados desde una posición baja, imprimiéndoles el ángulo y la trayectoria que dibuja en el aire el hilo que conecta a una cometa con la mano de quien la controla, y si ese único recuerdo se iluminara en mi memoria como el registro de algo que sucedió en el pasado remoto de mi niñez, creo que no podría saberse si ese es el recuerdo de una primera vez. También la asepsia de hoy haría imposible la presencia de la mano frágil y la muñeca endeble del niño, lanzando el dardo en trayectoria balística ascendente, como quien trata de alcanzar un satélite con un misil, conviviendo entre las trayectorias balísticas horizontales o parabólicas descendentes de la mano pesada del adulto sobrio o medianamente ebrio, en un disparo que refleja la flacidez de su puntería.
Después de ello jugué al Atari en casa de un compañero de colegio hasta que la compañía quebró y el aparataje electrónico cayó lentamente en desuso por falta de representación y caducidad de los equipos. Luego de un largo paréntesis en que en mi juventud me vi apartado de todo aparato electrónico, incluido el más primario de todos que es la televisión, reaparecí convertido en lo que creía era un adulto anacrónicamente adicto a las salas de juego en los centros comerciales. Nos reuníamos con un amigo a jugar Tetris y ajedrez, y allí, entre una cosa y otra, con sobredosis de tinto y barras de chocolate, le huíamos al destino de las responsabilidades.
En el momento en que las compañías de juego empujaban el desarrollo de los computadores, y el encandilamiento gráfico reemplaza la simplicidad, claridad y belleza de diseño de los primeros juegos, me encontraba ya dando vueltas por las máquinas de juego en diversos casinos de la ciudad. Allí perdí fortunas, pero también, cierta confianza, sucedió una ruptura, la fe ciega de que, aun habiendo esquivado la muerte en varios accidentes que entrañaban un riesgo mortal, yo era un hombre afortunado llamada a acumular un desborde en cauce de flujo de la incertidumbre estadística.
Más tarde me aficioné a internet; y ahora, siguiendo las palabras de alguien que comparte a mi derecha este tránsito por el silencio, por el suave cincelar de las puntas de lápices y plumas, por la tendencia compartida a restar del blanco una senda de lectura, solo espero interesarme por un lápiz y un pedazo de papel.
3
Este será un texto breve, limitado ya por el cansancio en la persecución de una imagen que describa la pesadez. Es como que, lanzado desde un avión, la imagen tuviera un cuerpo afilado capaz de rasgar la resistencia al aire con mayor eficiencia que mi mayor esfuerzo. Si me lanzara después de haberme afilado la cabeza con un tajalápiz, aun así vería la imagen de la pesadez huyendo de mi en dirección a tierra, y luego, salir por el extremo opuesto del eje en dirección al espacio.
Para alejare de quien creo que soy, he decidido empezar a firmar mis cosas con el nombre de un tercero. Y para alejarme aun más de todas mis emociones, he empezado a buscar pseudónimos de terceros, de manera que suceda así un doble nivel de suplantación-sustitución; una identidad sustituto que me reemplaza que es a su vez reemplazada con otra identidad sustituta. Y así, hasta que no exista ningún vínculo inequívoco entre un texto y una fuente asociada al momento de escritura.
*A partir de la tensión levedad-peso en Calvino.