domingo, agosto 06, 2006

3. La oportunidad del glamour

Entiendo el glamour como la habilidad –o en ciertas circunstancias, la inevitabilidad- para desarrollar rituales de postergación dentro de las acciones mas cotidianas, mas pedestres posibles. Por ejemplo, la escritura misma de la palabra glamour, menos concisa que la de la palabra glamur. A medida que los nuevos rituales se convierten a su vez en nuevas acciones cotidianas y se estandarizan como nuevas acciones pedestres, el mecanismo del glamour hace surgir nuevos rituales para cada una de esas acciones. El glamour podría ser una cotidianeidad que ensarta una voluta de acción dentro de otra voluta, un epiciclo dentro de otro epiciclo, que hace que los tiempos de las acciones se extiendan, y le concede a lo ordinario un valor impredecible –extraordinario- medido en el tiempo total de transcurso de la experiencia. El glamour no solamente requiere tiempo, sino que es tal vez una de las consecuencias inevitables de la posibilidad de disponer del tiempo infinito. Es un proceso recursivo hacia lo minúsculo en donde no existe una acción que pueda ser ejecutada directamente sin que antes deba mediar otra acción intermedia. La recursividad del proceso sucede en cada estadio intermedio y el resultado es la imposibilidad para llevar a término final la primera acción propuesta, pues antes debe mediar la satisfacción de una innumerable serie de acciones mediadoras, o, como le he llamado al comienzo, rituales de postergación. En su grado de satisfacción final toda acción glamourosa sería infinita en extensión temporal.

A medida que el tiempo y el dinero se hacen escasos, los remanentes hostiles del glamour –la postergación, lo inacabado, la imposibilidad de llevar a término, la gratificación indirecta- chocan contra el afán de supervivencia urgente y requieren ser atendidos bien por acróbatas de la libre asociación o por iglesias cristianas de diversa especie: acogen a todos aquellos para los que sus acciones pedestres volvieron a ser pedestres pero que aún no obedecen al llamado para desprenderse de su adicción al ritual de la postergación; los cultos proveen algoritmos de alivio inmediato y se extienden en promesas para liberar a las personas del sufrimiento de sus incapacidades. El aumento de la fé es proporcional a la carencia y las iglesias cristianas han capturado la audiencia de los desesperados.

La elegancia no implica necesariamente el ritual sino la ilusión del ritual de la intermediación y la postergación. Cuando la elegancia contempla el ritual, entonces coincide con el glamour. Cuando implica tan solo la ilusión del ritual, la elegancia es la faceta superficial del glamour: la expresión de un temperamento arrribista o una muestra irrefutable de una posición privilegiada con capacidad de compra.

En épocas de pleno vigor económico, sin duda una vanidad sexual en la Argentina, por ejemplo, en los años de paridad con el dólar, la elegancia no parecía ser un privilegio, sino la forma natural de ocupar el territorio de una extensa capa de la población, la llamada clase media. Esta elegancia estaba, además, probablemente inscrita en el glamour en ese sentido de “lo ritual que posterga”.

La incógnita de la clase media domina la Argentina. La historia reciente parece arrojar suficientes indicios que indicarían que esta clase, aparentemente estable, no está exenta de un proceso continuo de transformación; pese a su deseo por la estabilidad y su adicción a la continuidad posee una condición intrínsecamente antiestática: lo único que permanece estático como un mito con el que el foráneo identifica a la Argentina es la ilusión de la existencia de la llamada “clase media”. Hace algunos años, podría haber consistido en la colección de núcleos familiares con moderado tiempo libre, abundancia de alimento e ingresos moderadamente altos viviendo en apartamentos de no mas de 60 metros cuadrados –probablemente con una o dos terrazas, también, moderadas-, o pequeñas casitas con patio trasero donde instalar “la parrillada”. La abundancia moderada parecía la norma. Hoy, la clase media ha perdido la oportunidad del tiempo libre, se han reducido las áreas de vivienda, y se sobrevive solo gracias a que comer barato en la Argentina puede resultar mas barato que comer barato en otros lugares del planeta. La norma se ha cambiado a favor de la escasez moderada y se agrava en la escasez absoluta o la precariedad.

En la escasez, domina lo urgente, domina lo inmediato. O bien se acentúan las formas superficiales del glamour que se sostienen cada vez con mayor esfuerzo o bien se abandonan por completo; algunas zonas de la ciudad se han despojado incluso de esas formas superficiales y se asemejan a zonas pares de ciudades subdesarrolladas, plenas de comercio de baratijas, bajo condiciones climáticas de estación de extrema humedad. Otros lugares aún disponen del recurso del tiempo infinito que hace posible los rituales indirectos, pero corresponden a una elite implicada ideológicamente. Otras, los menos prácticos, observan el glamour aún en la carencia económica, como por ejemplo, los tenderos que beben un mate bajo el umbral de la tienda mientras acarician a un gato desgarbado.

Al comparar las fachadas de los edificios con los llamados pulmones de manzana, se pueden advertir dos cosas. Primera: probablemente no exista otra ciudad en el mundo con interiores de manzana tan complejos, tan saturados, densos de objetos, cargados de modificaciones y de pátinas mediante las que los habitantes han domado la estructura. Este proceso ha dejado –probablemente como resultado de la expresión de un anarquista interno infiltrado del que todo porteño se la pasa escapando- un interior de manzana caótico, descompuesto, desordenado; la pintura se cae a pedazos, los adecuaciones de la terrazas son absolutamente caprichosas, prestas a servir a objetivos coyunturales; las vistas revelan la parte neurótica del ritual del glamour. Segundo: comparado con este estado de lo que parecería una gratificación en el deterioro, las fachadas externas están siempre limpias, con los vidrios de las puertas relucientes, el hall de entrada extremadamente prolijo, y las cajas de timbres de bronce brilladas hasta lograr la máxima erección metálica posible.

La ciudad parecería tener una división entre zonas “residencial” y “comercial” no definida por barrios o sectores urbanos sino por niveles: parece que por norma o por acuerdo de uso se entiende que todos los pisos cero o zócalos de los edificios son de naturaleza comercial. En unas cuantas cuadras a la redonda de cualquier edificio se puede encontrar todo lo que se requiere, se quiera o no se quiera, para la vida diaria: desde ferreterías hasta negocios de comida a domicilio, jugueterías a gendarmerías; por supuesto, infinidad de cafés mayoritariamente esquineros caracterizados por sus entradas diagonales a la calle.

Hoy son mas visibles los argentinos que nunca tuvieron la oportunidad de realizar los ritos del glamour. Sin embargo, aunque son mas visibles, siguen bajo procesos de exclusión estricta. Es posible imaginarse la clase media Argentina debatiéndose entre dos extremos: por un lado, el anarquista interno, y por otro lado, opuesto a este, el ultraderecha interno. Uno rompe la norma y el otro quiere orden (y norma) a cualquier precio. Pertenecer a la clase media parece determinar estar entre moderada e intensamente inclinado al deseo de orden. Por esta razón, cuando el porteño ve algo que se sale del orden que él prevé, simplemente no lo ve. Así es como conviven cartoneros, mendigos, y ex miembros de la clase media aferrados a un pasado de glamour: el hombre del medio no ve al inferior. Un celebrado pacto de no agresión entre miserables y medios parece estar respaldado por un acuerdo implícito y no poco usual de retaliación mediante mecanismo extremos de limpieza social; por esta razón, el inferior no se atreve a mirar al medio o a lo que esté más allá; aún así es imposible ocultar que los cartoneros recorren los mismos lugares una y otra vez seleccionando entre los mismos montones de basura como corrientes de agua delicadamente calculadas para separar residuos en plantas recicladoras. Muchos de los inmigrantes se acogen a este esquema, pero algunos inmigrantes –y sin duda nacionales- se encuentran dispuestos a traspasar estos límites frente a una sociedad que ya parece poco puede ofrecer tanto a nacionales como a foráneos.

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