domingo, agosto 06, 2006

1. El "Itinerario" y el "Instrumento de obturación de alquiler gratuito"

He decidido indizar este texto bajo el título precedente porque hace ya bastante que he llegado de mi viaje a Buenos Aires y empiezo a sospechar que se pierde la naturalidad del recuerdo cercano, que cuando es suficientemente cercano, presenta de mejor manera la ilusión de parecer idéntico al momento vivido.

Sí, no voy a hacer más intentos por typear otros textos que intenten describir mi experiencia de la ciudad: este será el último. Hay que añadir que no quiero renunciar al intento, que podría parecer un tanto carente de humildad, de reconocer dos vanidades: la de atrapar a Buenos Aires en mi texto, y la otra, la de querer que exista al menos un lector.

Renuncio entonces a capturar la ciudad, pero no puedo tan fácilmente renunciar a la captura de un lector, aunque sea uno solo.

Comienzo entonces con una confesión personal: cuando pienso en Buenos Aires acude a mi la imagen –sí, la imagen, probablemente la imagen mental, una especie de mapa hecho con tiempo y con fachadas plenas de detalles específicos- de una juventud perdida, sepultada. Allí es dónde muchos años más joven pensé que me aguardaban los años de un futuro próximo feliz; un futuro que hoy ya es pasado. No importa cuanto lo intente, mi juventud no podrá alcanzar su futuro en el pasado; la felicidad se quedó entre las calles de la ciudad, inalcanzable, y mis viajes son un continuo planear itinerarios en su búsqueda.

“Buenos Aires por encargo” no es un proyecto, o una crónica, ojalá no alcance siquiera el pesado estatuto de “obra” –es mejor pensar en la bitácora como un texto en pantalla y no como mero sustituto de un lugar físico de exhibición. “Buenos Aires por encargo” es el nombre de un procedimiento para trazar un itinerario urbano. El pretexto para trazar este itinerario es hacer una foto de acuerdo a las indicaciones de amigos y cercanos; puede resumirse así: “encargue su foto, yo se la tomo”. Es como ser un reportero de alquiler, un reportero de alquiler gratuito (y no un artista de alquiler). Es el caso de un reportero de alquiler gratuito que cuando le van a pagar lo que nadie va a pagar –porque no hay obligación, no existe “el contrato”- termina por decir: “preferiría no recibirlo”.

Sabía que llegaba –pensaba en esto a medida que avanzábamos en el remis a través de Matanza y su acumulación de casitas precarias- sin el peso de tener que trazar ese itinerario a partir exclusivamente de mis propias experiencias anteriores de la ciudad: mi forma de mirar intentaría “acercarse” lo más posible a la forma de mirar del otro, de quien indica (digamos, el “indicador”). Ahora, este “acercarse” parece encerrar mas de una contradicción, que se hace visible cuando se intenta un modelo de la distancia que separa “lo que es parecido” de “lo que es idéntico”. Se puede avanzar hacia un infinito idéntico aumentando los grados de semejanza, pero hay algo en mí que me dice que nunca se llegará a la identidad absoluta: si dos miradas son absolutamente idénticas, es porque “indicador” e “indicado” están en el mismo exacto lugar de la experiencia, es decir, porque ambos son la misma persona, la misma “cosa”, el mismo “banco de experiencias”. En el caso de este experimento, el reportero de alquiler gratuito posee una mirada asintótica de acuerdo al “indicador”. Como siempre, cuando aparece un “indicador”, nos asalta el miedo por la presión de cumplir los “indicadores”. Pero en lugar de reportero o fotógrafo, se puede acudir al término más preciso, “instrumento de obturación”.

El riesgo era el de lograr una exhibición en donde, además del itinerario reducido a una serie de imágenes puesta de manera paralela a la pantalla en forma similar a un objeto que cuelga de una pared, quedara expuesta la capacidad para forjar una gran defraudación. De alguna manera, este texto no es otra cosa que el nombre de un itinerario que surge a partir de un primer itinerario que no se realizó. El texto es el nombre de la experiencia.

Continuar >> 2. La turbina del avión - texto