Contra el Arte Mercantil
Fábula de dudoso valor terapeútico escrita en algún momento (con mis dudas) alrededor de 1998
I. LOS PADRES Y EL DINERO
La infancia de Martín Cheap Chipness transcurrió en medio de los más penosos acontecimientos monetarios. Sirvan a guisa de ejemplo los siguientes episodios.
Un día la madre de Martín -Reina Sofía Cheapness- fue detenida por un agente de la policía al salir de la peluquería. Al parecer una amiga que se encontraba en el secador de pelo contiguo había telefoneado a la autoridad para informarle que “la Reina” se había pronunciado en contra de un comercial de televisión que decía al final: “Ud. es tan legal como lo que compra”. ¿Por qué tenían que endosarle al ciudadano común la responsabilidad de enmendar el daño de los chancucos institucionales? Al salir del local le exigieron el recibo por el corte de pelo pero al ver que no lo tenía y que no había mercancía para confiscar, le acusaron de ser “deshonesta y antipatriótica” y le rompieron una caja de huevos en la cabeza. Ella les dijo que mejor le pusieran las esposas a los que habían liquidado “El Banco del Asalto Pacifico” pero entonces le dijeron que no había pruebas de que alguien hubiera robado algo, que la presunción de inocencia es especialmente aplicable para el caso de las alianzas entre políticos y banqueros y le rompieron otra caja de huevos en la cabeza por calumniar el buen nombre de las autoridades fiscales. Finalmente, misericordiosos, decidieron que no había razón para detenerle.
Miremos el caso del padre de Martín: un profesor. ¿Qué tipo de profesor? Porque bien sabemos que los hay con privilegios y privados de ellos. Los profesores que tienen privilegios los sostienen hasta el último momento y se las arreglan para que cuando la plaza queda vacante, es decir cuando salen de la institución con los pies por delante el vacío sea ocupado inmediatamente por un pariente, un amigo o el mejor de los lagartos de su cultivo de áulicos. Retro Cheapness era un profesor sin privilegios que sufría con frecuencia los malos tratos de sus educativos patronos. Todos los años en diciembre tenía que correr a una casa de cambios para endosar y hacer líquido un cheque que la Universidad había extendido en el último momento. Dentro de las prioridades de las oscuras oficinas financieras de la Academia no estaba el que la planta de profesores pudiera gozar de una tranquila navidad familiar rodeado cada uno de una mínima cuota de abundancia: atender el vencimiento de los créditos que habían tomado para ampliar las sedes era prioritario.
II. MARTIN Y LA FICCION LITERARIA
Un día Martín leyó algunas obras de la literatura universal y se imaginó que él podría ser un personaje. Se cambió su nombre a Martín Cheat Kafka.
En su cuaderno de notas Martín tenía una lista de obras que deseaba ejecutar. Las había numerado, desde la 1 hasta la 999. No adjudicaba a cada idea para una obra el numero consecutivo. La libreta se iba llenando a la manera de la muralla china, le gustaba la idea de la muralla china: aquí y allá había zonas densamente pobladas por letras, signos y garabatos, y luego, enormes baches en blanco entre ellas. Una idea: tomar fotos de la forma en que los huecos se iban llenando: de hecho, esta idea estaba escrita y también numerada y podría ser fotografiada. Así creía cumplir con lo que pomposamente se denominaba en el argot plástico: “un registro fotográfico”. Ciertos amigos enterados de la movida de ideas en el globo le habían recomendado que hiciera un registro en Polaroid pero Martín, interesado en el arte también como una vía de progreso material, veía con incredulidad un documento único que si bien a un mejor precio, no podría ser vendido sino una sola vez. Las fotos con soporte negativo -o digital- podrían ser reimpresas indefinidamente.
Los amigos en quienes Martín despertaba admiración comenzaron a cuestionar el ánimo mercantil que empezaba a motivar sus acciones. A este grupo, se sumaron los diversos críticos, profesores, curadores y demás personajes que Martín de manera más o menos azararosa aglutinó alrededor suyo:
-Esta obra se puede vender más barata, por ende es mejor.
-Te equivocas, porque esta otra, es más cara pero más espantosa, y es más probable que nunca alguien la compre.
Mientras tanto, el pobre Martín veía como se adelgazaba el fajo de billetes que guardaba entre su billetera; el desayuno donde Clara Chonta se había bajado de dos huevos a puro pan con aguepanela y la cosa iba empeorando porque ahora requería fiado. De otra parte, era cierto que su prestigio iba en aumento. Sus amigos le alentaban a pasar hambre y a pocisionarse en el contexto de la oferta global de artistas. A través de una suerte de bizarros silogismos él y su grupo de amigos llegaron a la conclusión de que la medida de su éxito como artista sería proporcional al hambre que fuera capaz de soportar. En fin, se realizaba plenamente la idea de un arte como militancia antimercantil.
III. UNA OBRA ESENCIALMENTE ANTIMERCANTIL
Finalmente se construyó una jaula de palo y se encerró adentro. Martín saltó a la fama inmediatamente. Era cierto que este recurso había sido empleado en la literatura, pero nunca antes una persona de carne y hueso -y no un personaje- lo había intentado. Como era previsible, todos vieron su prestigio y capacidad de influencia ampliados por esta concepción radical de la obra de arte. La obra se insertaba en todas las tendencias de punta y daba de qué hablar en todos los círculos donde algo valía la pena ser dicho. Venían de diferentes revistas y museos a lo largo y ancho del mundo y Martín era tomado por el más intransigente descuartizador de la sociedad mercantil y de consumo.
Al principio Martín estaba solo. A veces, cansado del sol de la tarde, intentando situar sus ojos bajo las líneas de sombra proyectadas por dos barrotes contiguos murmuraba: “lo que mas deseo en el mundo es ser normal y celebrar la navidad el 24 de diciembre, como todos los demás vecinos de la cuadra”.
El tiempo transcurrió y a medida que Martín exhibía su capacidad para soportar el hambre la admiración entre los demás mortales crecía. Muy pronto sus amigos contrataron una chiva que viajaba por las calles de la ciudad recogiendo visitantes que querían ver “al artista del hambre”. Al comienzo, no ganaban dinero alguno, se daban por satisfechos al ver incrementada su reputación como colectivo de artistas del hambre. Al cabo de un par de semanas se decidieron por un cobro mínimo “para cubrir los gastos de la chiva”. Después pensaron que sería inútil desaprovechar la popularidad que habían alcanzado y empezaron a gestar diferentes acciones de carácter comercial. Vivían su momento cúspide cuando desde el otro lado del mundo una nueva forma de arte los haría entrar en crisis.
Se supo que en alguna islita de la Micronesia un colectivo de artistas había llevado el arte antimercantil hasta sus últimas consecuencias: se llamaban “el colectivo mortal”. Su acto plástico único era el suicidio. Las motivaciones no eran religiosas, ni políticas, nisiquiera llamaban la atención sobre temas delicados como la sobrepoblación. No. Eran el resultado libre y espontáneo de una demanda mundial de artistas contemporáneos. Eran la cristalización de los puntos extremos de una serie de teorías curaturiales que se habían impuesto como doctrina inquebrantable. Los artistas tenían mil tretas para que ninguno de estos suicidios pudiera ser explotado mercantilmente. Sus detractores habían puesto a circular el rumor de que tenían seguros de vida pero no había sido demostrado.
La obra de Martín peligraba. La obra le había proporcionado a todo el comité una vida a cuerpo de rey: la chiva se había convertido en una red de chivas y había habido periodos en los que los visitantes se agolpaban ante la reja de madera. Se había dispuesto un sistema de espejos y accesos diversos para ampliar los ángulos de visión. Aparecieron teatros en donde cintas sinfín tipo Wharhol mostraban a Martin en diversas etapas del performance. La obra se había convertido en un negocio rentable. Sin embargo, los curadores de la Micronesia empezaban a acaparar la atención; la obra ya no se sostenía conceptualmente y el numero de visitantes empezaba a disminuir. Además el artista amenazaba con morir de hambre. Había que mantenerlo vivo lo que surgía como un nuevo obstáculo para el juego conceptual que había impulsado la obra en su primer momento. El adelantado Whisdom Tupamac, curador y eje teórico de la obra de Martín, sugirió alimentarlo con una dieta de galletitas que eran subrepticiamente deslizadas por el medio de los barrotes; Martín las tomaba entre sus dedos y pronunciaba las célebre palabras: “preferiría no hacerlo”. Luego las mordía y espantaba las boronas con un agitado movimiento de manos.
IV. EPILOGO LLENO DE SABIDURIA
Un día Martín le preguntó a Whisdom:
-Explícame Whisdom: si un artista no debe vender aquello que fabrica, entonces ¿cómo puede sobrevivir?
-El artista debe protestar contra toda forma de hábito mercantil. He ahí la razón de la obra.
Entretanto el “preferiría no hacerlo” empezaba a pronunciarse en la celda de palo como el estribillo de un rezo que purifica y deja listo al pecador para la siguiente traición.
Un día Martín le preguntó a Whisdom:
-Dime, amigo mío, ¿renunciarías a todas tus dádivas materiales si de ello dependiera que yo pudiera seguir adelante con mi obra?
El sol golpeaba la celda por un costado casi en ángulo recto. La figura del artista era un ovillo mal enrollado de huesitos. Martín volvió a preguntar:
-¿Y si hiciéramos una nueva obra de arte donde intercambiamos los papeles; tú te quedas aquí en la celda, y yo conservo tu salario, tu trabajo y tu pensión?
-Preferiría no hacerlo, dijo Whisdom. El ovillo se desenrolló y caminando como si fuera un par de muletas se alejó de su celda. Desde entonces, todo el medio plástico está a la espera de la siguiente obra de Martín.
I. LOS PADRES Y EL DINERO
La infancia de Martín Cheap Chipness transcurrió en medio de los más penosos acontecimientos monetarios. Sirvan a guisa de ejemplo los siguientes episodios.
Un día la madre de Martín -Reina Sofía Cheapness- fue detenida por un agente de la policía al salir de la peluquería. Al parecer una amiga que se encontraba en el secador de pelo contiguo había telefoneado a la autoridad para informarle que “la Reina” se había pronunciado en contra de un comercial de televisión que decía al final: “Ud. es tan legal como lo que compra”. ¿Por qué tenían que endosarle al ciudadano común la responsabilidad de enmendar el daño de los chancucos institucionales? Al salir del local le exigieron el recibo por el corte de pelo pero al ver que no lo tenía y que no había mercancía para confiscar, le acusaron de ser “deshonesta y antipatriótica” y le rompieron una caja de huevos en la cabeza. Ella les dijo que mejor le pusieran las esposas a los que habían liquidado “El Banco del Asalto Pacifico” pero entonces le dijeron que no había pruebas de que alguien hubiera robado algo, que la presunción de inocencia es especialmente aplicable para el caso de las alianzas entre políticos y banqueros y le rompieron otra caja de huevos en la cabeza por calumniar el buen nombre de las autoridades fiscales. Finalmente, misericordiosos, decidieron que no había razón para detenerle.
Miremos el caso del padre de Martín: un profesor. ¿Qué tipo de profesor? Porque bien sabemos que los hay con privilegios y privados de ellos. Los profesores que tienen privilegios los sostienen hasta el último momento y se las arreglan para que cuando la plaza queda vacante, es decir cuando salen de la institución con los pies por delante el vacío sea ocupado inmediatamente por un pariente, un amigo o el mejor de los lagartos de su cultivo de áulicos. Retro Cheapness era un profesor sin privilegios que sufría con frecuencia los malos tratos de sus educativos patronos. Todos los años en diciembre tenía que correr a una casa de cambios para endosar y hacer líquido un cheque que la Universidad había extendido en el último momento. Dentro de las prioridades de las oscuras oficinas financieras de la Academia no estaba el que la planta de profesores pudiera gozar de una tranquila navidad familiar rodeado cada uno de una mínima cuota de abundancia: atender el vencimiento de los créditos que habían tomado para ampliar las sedes era prioritario.
II. MARTIN Y LA FICCION LITERARIA
Un día Martín leyó algunas obras de la literatura universal y se imaginó que él podría ser un personaje. Se cambió su nombre a Martín Cheat Kafka.
En su cuaderno de notas Martín tenía una lista de obras que deseaba ejecutar. Las había numerado, desde la 1 hasta la 999. No adjudicaba a cada idea para una obra el numero consecutivo. La libreta se iba llenando a la manera de la muralla china, le gustaba la idea de la muralla china: aquí y allá había zonas densamente pobladas por letras, signos y garabatos, y luego, enormes baches en blanco entre ellas. Una idea: tomar fotos de la forma en que los huecos se iban llenando: de hecho, esta idea estaba escrita y también numerada y podría ser fotografiada. Así creía cumplir con lo que pomposamente se denominaba en el argot plástico: “un registro fotográfico”. Ciertos amigos enterados de la movida de ideas en el globo le habían recomendado que hiciera un registro en Polaroid pero Martín, interesado en el arte también como una vía de progreso material, veía con incredulidad un documento único que si bien a un mejor precio, no podría ser vendido sino una sola vez. Las fotos con soporte negativo -o digital- podrían ser reimpresas indefinidamente.
Los amigos en quienes Martín despertaba admiración comenzaron a cuestionar el ánimo mercantil que empezaba a motivar sus acciones. A este grupo, se sumaron los diversos críticos, profesores, curadores y demás personajes que Martín de manera más o menos azararosa aglutinó alrededor suyo:
-Esta obra se puede vender más barata, por ende es mejor.
-Te equivocas, porque esta otra, es más cara pero más espantosa, y es más probable que nunca alguien la compre.
Mientras tanto, el pobre Martín veía como se adelgazaba el fajo de billetes que guardaba entre su billetera; el desayuno donde Clara Chonta se había bajado de dos huevos a puro pan con aguepanela y la cosa iba empeorando porque ahora requería fiado. De otra parte, era cierto que su prestigio iba en aumento. Sus amigos le alentaban a pasar hambre y a pocisionarse en el contexto de la oferta global de artistas. A través de una suerte de bizarros silogismos él y su grupo de amigos llegaron a la conclusión de que la medida de su éxito como artista sería proporcional al hambre que fuera capaz de soportar. En fin, se realizaba plenamente la idea de un arte como militancia antimercantil.
III. UNA OBRA ESENCIALMENTE ANTIMERCANTIL
Finalmente se construyó una jaula de palo y se encerró adentro. Martín saltó a la fama inmediatamente. Era cierto que este recurso había sido empleado en la literatura, pero nunca antes una persona de carne y hueso -y no un personaje- lo había intentado. Como era previsible, todos vieron su prestigio y capacidad de influencia ampliados por esta concepción radical de la obra de arte. La obra se insertaba en todas las tendencias de punta y daba de qué hablar en todos los círculos donde algo valía la pena ser dicho. Venían de diferentes revistas y museos a lo largo y ancho del mundo y Martín era tomado por el más intransigente descuartizador de la sociedad mercantil y de consumo.
Al principio Martín estaba solo. A veces, cansado del sol de la tarde, intentando situar sus ojos bajo las líneas de sombra proyectadas por dos barrotes contiguos murmuraba: “lo que mas deseo en el mundo es ser normal y celebrar la navidad el 24 de diciembre, como todos los demás vecinos de la cuadra”.
El tiempo transcurrió y a medida que Martín exhibía su capacidad para soportar el hambre la admiración entre los demás mortales crecía. Muy pronto sus amigos contrataron una chiva que viajaba por las calles de la ciudad recogiendo visitantes que querían ver “al artista del hambre”. Al comienzo, no ganaban dinero alguno, se daban por satisfechos al ver incrementada su reputación como colectivo de artistas del hambre. Al cabo de un par de semanas se decidieron por un cobro mínimo “para cubrir los gastos de la chiva”. Después pensaron que sería inútil desaprovechar la popularidad que habían alcanzado y empezaron a gestar diferentes acciones de carácter comercial. Vivían su momento cúspide cuando desde el otro lado del mundo una nueva forma de arte los haría entrar en crisis.
Se supo que en alguna islita de la Micronesia un colectivo de artistas había llevado el arte antimercantil hasta sus últimas consecuencias: se llamaban “el colectivo mortal”. Su acto plástico único era el suicidio. Las motivaciones no eran religiosas, ni políticas, nisiquiera llamaban la atención sobre temas delicados como la sobrepoblación. No. Eran el resultado libre y espontáneo de una demanda mundial de artistas contemporáneos. Eran la cristalización de los puntos extremos de una serie de teorías curaturiales que se habían impuesto como doctrina inquebrantable. Los artistas tenían mil tretas para que ninguno de estos suicidios pudiera ser explotado mercantilmente. Sus detractores habían puesto a circular el rumor de que tenían seguros de vida pero no había sido demostrado.
La obra de Martín peligraba. La obra le había proporcionado a todo el comité una vida a cuerpo de rey: la chiva se había convertido en una red de chivas y había habido periodos en los que los visitantes se agolpaban ante la reja de madera. Se había dispuesto un sistema de espejos y accesos diversos para ampliar los ángulos de visión. Aparecieron teatros en donde cintas sinfín tipo Wharhol mostraban a Martin en diversas etapas del performance. La obra se había convertido en un negocio rentable. Sin embargo, los curadores de la Micronesia empezaban a acaparar la atención; la obra ya no se sostenía conceptualmente y el numero de visitantes empezaba a disminuir. Además el artista amenazaba con morir de hambre. Había que mantenerlo vivo lo que surgía como un nuevo obstáculo para el juego conceptual que había impulsado la obra en su primer momento. El adelantado Whisdom Tupamac, curador y eje teórico de la obra de Martín, sugirió alimentarlo con una dieta de galletitas que eran subrepticiamente deslizadas por el medio de los barrotes; Martín las tomaba entre sus dedos y pronunciaba las célebre palabras: “preferiría no hacerlo”. Luego las mordía y espantaba las boronas con un agitado movimiento de manos.
IV. EPILOGO LLENO DE SABIDURIA
Un día Martín le preguntó a Whisdom:
-Explícame Whisdom: si un artista no debe vender aquello que fabrica, entonces ¿cómo puede sobrevivir?
-El artista debe protestar contra toda forma de hábito mercantil. He ahí la razón de la obra.
Entretanto el “preferiría no hacerlo” empezaba a pronunciarse en la celda de palo como el estribillo de un rezo que purifica y deja listo al pecador para la siguiente traición.
Un día Martín le preguntó a Whisdom:
-Dime, amigo mío, ¿renunciarías a todas tus dádivas materiales si de ello dependiera que yo pudiera seguir adelante con mi obra?
El sol golpeaba la celda por un costado casi en ángulo recto. La figura del artista era un ovillo mal enrollado de huesitos. Martín volvió a preguntar:
-¿Y si hiciéramos una nueva obra de arte donde intercambiamos los papeles; tú te quedas aquí en la celda, y yo conservo tu salario, tu trabajo y tu pensión?
-Preferiría no hacerlo, dijo Whisdom. El ovillo se desenrolló y caminando como si fuera un par de muletas se alejó de su celda. Desde entonces, todo el medio plástico está a la espera de la siguiente obra de Martín.
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