houellebecq
Me gustaría señalar que en el diálogo de Claudia Díaz y Pablo Batelli pueden verse las trazas de algunas ideas centrales en la obra del escritor Houellebecq. El día 30 de noviembre de 2004 circuló por este mismo canal el envío de Felipe Moure que reproducía el breve pero alarmante ensayo de Houellebecq, El mundo como supermercado y como burla. Entre algunas de las mas polémicas ideas, está la afirmación de que la única forma posible del arte conceptual sería la literatura, porque es la mas calificada para adaptarse a los cambios de sensibilidad propuestos por una época caracterizada por la acelereración de la percepción que se instaura en la visión del mundo como un hipermercado. Pero Felipe realizó una excelente introducción a este ensayo y me limito a reiterar simplemente la conexión que existe entre la intervención "diálogos entre la cocina" y "El mundo como supermercado". El riesgo de los llamados al pragmatismo incluyen una simplificación de los argumentos hasta el punto de despojar al lenguaje de toda posibilidad objetiva: no hay duda que bajo el filtro de la pasión -alta, baja o media- sólo puede leerse lo que se desea leer.
En el universo de Houellebecq entonces no habría espacio para la pintura o ninguna otra manifestación de las artes a los que denominamos "plásticas", incluídas las llamadas expresiones contemporáneas del arte. Unicamente lugar para la literatura, la que sería a su vez la mas alta expresión de un arte conceptual (¿Y contemporáneo?)
El cambio en la percepción tiene relación con el afán de la permanente búsqueda de lo nuevo; en "diálogos entre la cocina" puedo entrever el vínculo que establece Claudia Díaz entre ese supremo valor del mundo de percepción acelerada -el valor "nuevo"- y algo que se ha convenido en llamar "arte contemporáneo": esta expresión brindaría la satisfacción al individuo de ser simultáneo con lo nuevo. A su vez, este deseo de lo nuevo se instaura mediante un proceso de abolición de la voluntad realizado por la publicidad: allí podría tener origen una conexión entre arte y publicidad.
Me parece que lejos de parecer una apología de ese "convenido arte contemporáneo" la pregunta sobre un posible cambio en la sensibilidad y la percepción se plantea -como un despojamiento y una pérdida desde el lado de Houllebecq- y como un estado humano con una alta probabilidad de convertirse en condición inevitable. Las probabilidades de su inevitabilidad conciernen de manera muy especial tanto a los que se sienten cómodos en la defensa de la pintura como una causa política, como a los que la niegan, también como causa política.
En su situación en el mundo como supermercado, todas las prácticas de arte -salvo la literatura- se encontrarían en la misma situación porque estarían en idéntica relación frente a las condiciones de mercado y publicidad y modos de transcurrir del tiempo; no habría ejercicio privilegiado, ni uno mas noble o menos impuro que el otro. Esto nos remite al primer señalamiento que se realiza en "diálogos entre la cocina": no puede privilegiarse un ejercicio por encima de otro señalando que una expresión es anti burguesa y otra pro burguesa: a eso Claudia Díaz lo llama un cliché crítico, es decir, un lugar común en la crítica, una afirmación carente de sentido (lo contrario de aquello que los pragmáticos, en el ejercicio implacable de su muy precisa lógica inferencial han creído leer).
Las otras afirmaciones realizadas por Claudia Díaz siguen los lineamientos del arte en una época de alteración de la percepción: toman como estado presente el hecho ya realizado de esa permutación perceptiva, y afirman, que en una percepción ya acostumbrada a la velocidad, al cambio permanente, al vértigo de un lenguaje publicitario que pareciera haber permeado capas mas profundas que las meras culturales -que pareciera haberse instaurado ya en el centro de un nuevo ser- detenerse en el tiempo podría parecerle -a ese nuevo ser con esa nueva sensibilidad- un acto inútil, imposible y ridículo. No veo por ningún lado una afirmación que exprese que la contemplación de un cuadro es una acción ridícula, que la pintura es ridícula o que pintar es ridículo, sino que podría parecer ridículo si ese cambio de la sensibilidad ya se ha hecho efectivo. Contrario a la interpretación pragmática, otra vez.
Claudia Díaz intenta solucionar el conflicto que resulta a veces solo aparente entre pintura y eso "convenido arte contemporáneo" en el contexto de las polarizaciones surgidas en esfera publica a través de un comentario sobre la perspectiva de Houellebecq. Puede señalarse que Houellebecq es un francés cruel que no nos brinda alternativas, pero al mismo tiempo, podría pensarse que tal vez a través de la lectura de sus obras (Las Partículas Elementales, Plataforma, Ampliación del Campo de Batalla, El Mundo como Supermercado, Lanzarote...),-todas con un marcado ejercicio de digresión teórica, tenemos al menos la oportunidad de hacernos la pregunta sobre el cambio en nuestros modos de percepción, y mas allá de si son deseales o indeseables, indagar en su inevitabilidad y en cómo sobrevivir en ese estado inexorable. Esta pregunta podría brindar la oportunidad para adelantar el tan supuesto arte del "contexto hoy" que tanto reclaman algunos con tanta deseperación. A veces la única forma del pragmatismo es una inevitable complejidad.
Debido a que me he centrado en la figura de Claudia, quisiera que se me concediera la libertad de remitirme a una pregunta que Pablo Batelli ha realizado en mas de una ocasión en este canal: ¿puede la pintura considerarse una expresión del arte contemporáneo? Y me gustaría extenderla: ¿No sería esa inexplicable necesidad de declarar la incompatibilidad entre "lo contemporáneo" y la pintura una manifestación de una profunda inseguridad -casi de naturaleza sexual- en donde el único recurso que se tiene para afirmar la condición propia es negar la condición de los demás? También retomo uno de los interrogantes que se plantean en el diálogo: ¿se define lo contemporáneo como algo más allá de la abolición de lo pictórico? ¿Tiene definición propia?
Planteadas las limitaciones de mercado quisiera decir que desde mi perspectiva sí creo que existen obras inscritas en lo contemporáneo con un fuerte carácter simbólico que si bien no logran modificar un statuto social -probablemente no lo pretenden- si pueden al menos cuestionarnos sobre la pertinencia, fiabilidad y conveniencia de ese estatuto. Pero a un arte por convención contemporáneo que se define estricatamente por oposición a los valores que cree reconocer en la pintura le será difícil expresarse con las plenas potencias y ventajas que concede una definición propia. Por otro lado, me oponga a las clasificaciones "contemporáneo" versus pictórico porque vuelven a situar el arte en el terreno de un conflicto de géneros.
Me parece un corolario inevitable del caos que nos rodea el que un insensato como yo, Martín Cheap Cheapness, tenga que venir a poner orden en el mundo de las personas sensatas y pragmáticas. Mi motivación principal es el deseo de oponerme a esa forma de pragmatismo que produce solamente expresiones autoritarias que bien podrían tildarse de demagógicas: tenemos derecho a señalar límites de simpatía o antipatía; pero en el terreno de una discusión que se hace con ideas no tenemos ese derecho en ausencia de suficiente ilustración. ¿Qué tanto afán hay en acabar una discusión?
Posdata: podemos pensar que un premio tan elevado como el premio Botero podría servir -no como aglutinante de fuerzas a favor de su abolición- sino mejor como antecedente para que otras instancias interesadas en otras formas de expresión plástica ratificaran ese interés promoviendo esas "diferentes" expresiones con sumas también importantes.
Posdata: entreleyendo las diferentes intevenciones de Pablo Batelli, encontré que en la intervención fechada el 9 de noviembre de 2004, titulada "observaciones a las observaciones de los observadores de los observaciones" se cita a Houellebecq en el contexto de una respuesta que escribe frente a los comentarios suscitados a raíz de los trabajos del observatorio que escribieron Daniel García, Fernando Escobar y María Soledad García. De esa intervención me parece rescatable una fórmula que parecería trivial dentro del texto: "observamos para saber por qué observan los demás". Cada cual lo hace lo mejor que puede dentro de sus posiilidades, algunos con resultados mas interesantes que otros.
Martin Cheap Cheapness
En el universo de Houellebecq entonces no habría espacio para la pintura o ninguna otra manifestación de las artes a los que denominamos "plásticas", incluídas las llamadas expresiones contemporáneas del arte. Unicamente lugar para la literatura, la que sería a su vez la mas alta expresión de un arte conceptual (¿Y contemporáneo?)
El cambio en la percepción tiene relación con el afán de la permanente búsqueda de lo nuevo; en "diálogos entre la cocina" puedo entrever el vínculo que establece Claudia Díaz entre ese supremo valor del mundo de percepción acelerada -el valor "nuevo"- y algo que se ha convenido en llamar "arte contemporáneo": esta expresión brindaría la satisfacción al individuo de ser simultáneo con lo nuevo. A su vez, este deseo de lo nuevo se instaura mediante un proceso de abolición de la voluntad realizado por la publicidad: allí podría tener origen una conexión entre arte y publicidad.
Me parece que lejos de parecer una apología de ese "convenido arte contemporáneo" la pregunta sobre un posible cambio en la sensibilidad y la percepción se plantea -como un despojamiento y una pérdida desde el lado de Houllebecq- y como un estado humano con una alta probabilidad de convertirse en condición inevitable. Las probabilidades de su inevitabilidad conciernen de manera muy especial tanto a los que se sienten cómodos en la defensa de la pintura como una causa política, como a los que la niegan, también como causa política.
En su situación en el mundo como supermercado, todas las prácticas de arte -salvo la literatura- se encontrarían en la misma situación porque estarían en idéntica relación frente a las condiciones de mercado y publicidad y modos de transcurrir del tiempo; no habría ejercicio privilegiado, ni uno mas noble o menos impuro que el otro. Esto nos remite al primer señalamiento que se realiza en "diálogos entre la cocina": no puede privilegiarse un ejercicio por encima de otro señalando que una expresión es anti burguesa y otra pro burguesa: a eso Claudia Díaz lo llama un cliché crítico, es decir, un lugar común en la crítica, una afirmación carente de sentido (lo contrario de aquello que los pragmáticos, en el ejercicio implacable de su muy precisa lógica inferencial han creído leer).
Las otras afirmaciones realizadas por Claudia Díaz siguen los lineamientos del arte en una época de alteración de la percepción: toman como estado presente el hecho ya realizado de esa permutación perceptiva, y afirman, que en una percepción ya acostumbrada a la velocidad, al cambio permanente, al vértigo de un lenguaje publicitario que pareciera haber permeado capas mas profundas que las meras culturales -que pareciera haberse instaurado ya en el centro de un nuevo ser- detenerse en el tiempo podría parecerle -a ese nuevo ser con esa nueva sensibilidad- un acto inútil, imposible y ridículo. No veo por ningún lado una afirmación que exprese que la contemplación de un cuadro es una acción ridícula, que la pintura es ridícula o que pintar es ridículo, sino que podría parecer ridículo si ese cambio de la sensibilidad ya se ha hecho efectivo. Contrario a la interpretación pragmática, otra vez.
Claudia Díaz intenta solucionar el conflicto que resulta a veces solo aparente entre pintura y eso "convenido arte contemporáneo" en el contexto de las polarizaciones surgidas en esfera publica a través de un comentario sobre la perspectiva de Houellebecq. Puede señalarse que Houellebecq es un francés cruel que no nos brinda alternativas, pero al mismo tiempo, podría pensarse que tal vez a través de la lectura de sus obras (Las Partículas Elementales, Plataforma, Ampliación del Campo de Batalla, El Mundo como Supermercado, Lanzarote...),-todas con un marcado ejercicio de digresión teórica, tenemos al menos la oportunidad de hacernos la pregunta sobre el cambio en nuestros modos de percepción, y mas allá de si son deseales o indeseables, indagar en su inevitabilidad y en cómo sobrevivir en ese estado inexorable. Esta pregunta podría brindar la oportunidad para adelantar el tan supuesto arte del "contexto hoy" que tanto reclaman algunos con tanta deseperación. A veces la única forma del pragmatismo es una inevitable complejidad.
Debido a que me he centrado en la figura de Claudia, quisiera que se me concediera la libertad de remitirme a una pregunta que Pablo Batelli ha realizado en mas de una ocasión en este canal: ¿puede la pintura considerarse una expresión del arte contemporáneo? Y me gustaría extenderla: ¿No sería esa inexplicable necesidad de declarar la incompatibilidad entre "lo contemporáneo" y la pintura una manifestación de una profunda inseguridad -casi de naturaleza sexual- en donde el único recurso que se tiene para afirmar la condición propia es negar la condición de los demás? También retomo uno de los interrogantes que se plantean en el diálogo: ¿se define lo contemporáneo como algo más allá de la abolición de lo pictórico? ¿Tiene definición propia?
Planteadas las limitaciones de mercado quisiera decir que desde mi perspectiva sí creo que existen obras inscritas en lo contemporáneo con un fuerte carácter simbólico que si bien no logran modificar un statuto social -probablemente no lo pretenden- si pueden al menos cuestionarnos sobre la pertinencia, fiabilidad y conveniencia de ese estatuto. Pero a un arte por convención contemporáneo que se define estricatamente por oposición a los valores que cree reconocer en la pintura le será difícil expresarse con las plenas potencias y ventajas que concede una definición propia. Por otro lado, me oponga a las clasificaciones "contemporáneo" versus pictórico porque vuelven a situar el arte en el terreno de un conflicto de géneros.
Me parece un corolario inevitable del caos que nos rodea el que un insensato como yo, Martín Cheap Cheapness, tenga que venir a poner orden en el mundo de las personas sensatas y pragmáticas. Mi motivación principal es el deseo de oponerme a esa forma de pragmatismo que produce solamente expresiones autoritarias que bien podrían tildarse de demagógicas: tenemos derecho a señalar límites de simpatía o antipatía; pero en el terreno de una discusión que se hace con ideas no tenemos ese derecho en ausencia de suficiente ilustración. ¿Qué tanto afán hay en acabar una discusión?
Posdata: podemos pensar que un premio tan elevado como el premio Botero podría servir -no como aglutinante de fuerzas a favor de su abolición- sino mejor como antecedente para que otras instancias interesadas en otras formas de expresión plástica ratificaran ese interés promoviendo esas "diferentes" expresiones con sumas también importantes.
Posdata: entreleyendo las diferentes intevenciones de Pablo Batelli, encontré que en la intervención fechada el 9 de noviembre de 2004, titulada "observaciones a las observaciones de los observadores de los observaciones" se cita a Houellebecq en el contexto de una respuesta que escribe frente a los comentarios suscitados a raíz de los trabajos del observatorio que escribieron Daniel García, Fernando Escobar y María Soledad García. De esa intervención me parece rescatable una fórmula que parecería trivial dentro del texto: "observamos para saber por qué observan los demás". Cada cual lo hace lo mejor que puede dentro de sus posiilidades, algunos con resultados mas interesantes que otros.
Martin Cheap Cheapness
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