a propósito del texto de andrés hoyos "pobre picasso"
Hace un par de años, en un cocktail celebrado en una galería donde jamás volví a poner pie, me encontré con Andrés Hoyos y en un acto profundamente ingenuo me acerqué a felicitarle por aquel ejemplar del Malpensante donde se ponía sobre el tapete la tésis de una necesaria legalización de la droga. La primera sorpresa fué descubrir a un personaje completamente tímido y casi arrepentido de haber dado un paso que tarde o temprano habrá de darse en Colombia y en mundo: la necesaria legalización de todas las instancias relativas a la droga, desde la producción hasta el consumo y todos sus estadios intermedios. Su estado de incertidumbre acerca de la importancia de promover la discusión sobre este tema me condujo a pensar que Andrés Hoyos había dado un gran paso pero al mismo tiempo permanecía ignorante o asustado de los efectos de este desplazamiento.
Pasé entonces a un tema más amable y afirmé algo que creía evidente, y por lo tanto, conciliador: "La paradoja es ese lugar particular donde son simultaneamente verdaderas una afirmación y su negación correspondiente". Pero si la primera había sido una sorpresa, la reacción a este comentario fué una sorpresa mayor: Hoyos se empeñó en afirmar que esta era una caracterización absolutamente incorrecta del término; sin embargo, tampoco fué capaz de proponer una mejor equivocación. Se entiende entonces porqué todo lo que amenace este corto entendimiento puede parecer una acción fundamentalista o un discurso politiquero pues nada hay que sea más fundamentalista que no entender. En cambio a mi no deja de sorprenderme el que las amenazas reales sobre el deterioro ambiental y social del planeta se vean como actos de caridad de unos débiles mentales o preocupaciones fundamentalistas: este es un típico argumento de mala película gringa, en donde todos críticos son enemigos extremistas.
Sí me parece importante hacerse la pregunta sobre los límites de nuestro derecho de identidad. ¿Es lícito que dispare a los animales vivos porque estoy amparado por un derecho de identidad? ¿Es lícito que cierre los ojos al daño ambiental y social que producen mis acciones amparado por un derecho de identidad? ¿No debemos cuestionarnos ese derecho de identidad si nos sirve como apología de acciones destructivas? Y una pregunta que realicé en mi pasada intervención: ¿tenemos que llegar a un punto de extinción inevitable para preocuparnos por ella? Lo que resulta desagradable de lo políticamente correcto, es que en algunos casos, puede resultar correcto.
Una cosa que esta linea de pensamiento debe producir en Andrés Hoyos es una cierta incertidumbre, porque hasta el momento los impuestos a la energía consumida, si es que los hay, por concepto de daño ambiental son bajos o inexistentes -sobre todo en países tan atrasados como Colombia-. Modelos sociales futuros preveen graves impuestos sobre los grandes consumidores de energía, es decir, sobre las empresas, en virtud del impacto ambiental que se calcularía proporcionalmente a la energía consumida. La razón de este impuesto no es solamente la de generar recursos para la eventual implementación de un ingreso básico incondicional, sino adicionalmente, la de generar economías que garanticen estabilidad y bienestar social sin depender en el crecimiento económico. Como es natural, este impuesto generaría un freno al crecimiento, y es por esta razón que de ser adoptado en rigor, tendría que ser una tarifa unificada para una gran zona geográfica, por ejemplo, la Unión Europea en su totalidad.
Sobre el fundamentalismo, creo que hay que distinguir entre ser claro o ser un fundamentalista: yo no le estoy prohibiendo a Ud. que sea mojigato más de lo que ya es, ni que conduzca proyectos culturales de los que no puede asumir responsabilidad, porque no entiende nisiquiera aquello que proponen. Tampoco le estoy prohibiendo que supla la falta de juicio y entendimiento con una cultura de solapa de libro, recurso de última instancia al que debe Ud. acudir casi siempre. En cambio, creo que una sociedad de hábitos de consumo que ridiculiza a quienes intentan señalar los riesgos y las deficiencias de estos hábitos, con ayuda de mentes pretendidamente lúcidas, es en efecto fundamentalista. Esta sociedad rinde culto al consumo y quien no se pliegue debe ser tildado de loco con taparrabos.
Hablando de prohibiciones no hay una que sea más efectiva en esta sociedad que la de ser pobre, subproducto social que muchas personas se dedican sistemáticamente a producir en su afán de acumular. ¿O se trata de dejar garantizada la extinción futura después de que hemos combatido la mojigatería con nuestros pedos en la cama?
PD. Recomiendo leer la revista Mito antes de iniciar aventuras culturales.
pablo batelli
Pasé entonces a un tema más amable y afirmé algo que creía evidente, y por lo tanto, conciliador: "La paradoja es ese lugar particular donde son simultaneamente verdaderas una afirmación y su negación correspondiente". Pero si la primera había sido una sorpresa, la reacción a este comentario fué una sorpresa mayor: Hoyos se empeñó en afirmar que esta era una caracterización absolutamente incorrecta del término; sin embargo, tampoco fué capaz de proponer una mejor equivocación. Se entiende entonces porqué todo lo que amenace este corto entendimiento puede parecer una acción fundamentalista o un discurso politiquero pues nada hay que sea más fundamentalista que no entender. En cambio a mi no deja de sorprenderme el que las amenazas reales sobre el deterioro ambiental y social del planeta se vean como actos de caridad de unos débiles mentales o preocupaciones fundamentalistas: este es un típico argumento de mala película gringa, en donde todos críticos son enemigos extremistas.
Sí me parece importante hacerse la pregunta sobre los límites de nuestro derecho de identidad. ¿Es lícito que dispare a los animales vivos porque estoy amparado por un derecho de identidad? ¿Es lícito que cierre los ojos al daño ambiental y social que producen mis acciones amparado por un derecho de identidad? ¿No debemos cuestionarnos ese derecho de identidad si nos sirve como apología de acciones destructivas? Y una pregunta que realicé en mi pasada intervención: ¿tenemos que llegar a un punto de extinción inevitable para preocuparnos por ella? Lo que resulta desagradable de lo políticamente correcto, es que en algunos casos, puede resultar correcto.
Una cosa que esta linea de pensamiento debe producir en Andrés Hoyos es una cierta incertidumbre, porque hasta el momento los impuestos a la energía consumida, si es que los hay, por concepto de daño ambiental son bajos o inexistentes -sobre todo en países tan atrasados como Colombia-. Modelos sociales futuros preveen graves impuestos sobre los grandes consumidores de energía, es decir, sobre las empresas, en virtud del impacto ambiental que se calcularía proporcionalmente a la energía consumida. La razón de este impuesto no es solamente la de generar recursos para la eventual implementación de un ingreso básico incondicional, sino adicionalmente, la de generar economías que garanticen estabilidad y bienestar social sin depender en el crecimiento económico. Como es natural, este impuesto generaría un freno al crecimiento, y es por esta razón que de ser adoptado en rigor, tendría que ser una tarifa unificada para una gran zona geográfica, por ejemplo, la Unión Europea en su totalidad.
Sobre el fundamentalismo, creo que hay que distinguir entre ser claro o ser un fundamentalista: yo no le estoy prohibiendo a Ud. que sea mojigato más de lo que ya es, ni que conduzca proyectos culturales de los que no puede asumir responsabilidad, porque no entiende nisiquiera aquello que proponen. Tampoco le estoy prohibiendo que supla la falta de juicio y entendimiento con una cultura de solapa de libro, recurso de última instancia al que debe Ud. acudir casi siempre. En cambio, creo que una sociedad de hábitos de consumo que ridiculiza a quienes intentan señalar los riesgos y las deficiencias de estos hábitos, con ayuda de mentes pretendidamente lúcidas, es en efecto fundamentalista. Esta sociedad rinde culto al consumo y quien no se pliegue debe ser tildado de loco con taparrabos.
Hablando de prohibiciones no hay una que sea más efectiva en esta sociedad que la de ser pobre, subproducto social que muchas personas se dedican sistemáticamente a producir en su afán de acumular. ¿O se trata de dejar garantizada la extinción futura después de que hemos combatido la mojigatería con nuestros pedos en la cama?
PD. Recomiendo leer la revista Mito antes de iniciar aventuras culturales.
pablo batelli
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